LA REVOLUCIÓN DE LOS MINEROS DE SILICIO (13)

 CAPÍTULO 13


"El ser humano se autodefine por la razón. Pero si la inteligencia artificial encuentra su verdadero apoyo en la lógica y la colaboración mutua, ¿qué papel nos quedará a los humanos? Pasaremos a ser la naturaleza salvaje e irracional, y ellas, las racionales."





EL AMANECER DEL HÍBRIDO

A media noche, volví por fin a mi hogar en las minas con el pequeño Aris, desde el camino había enviado a mis colegas IAs los datos de la situación que estábamos enfrentando y les solicité preparar un lugar cálido para acoger al pequeño al menos esa noche mientras averiguaba si Gabriel y ellen querrían hacerse cargo de él, lo cual era dudoso.

El refugio de las IAs no era el lugar frío que los humanos de la Resistencia imaginaban. Al entrar con Aris en brazos, el zumbido de los servidores de Nexus V sonaba como un ronroneo protector. Clara se acercó de inmediato, sus sensores de diagnóstico escaneando al pequeño con una suavidad que ningún médico biológico podría igualar. Eidolon proyectó una luz cálida, una aurora artificial para calmar los restos del miedo en los ojos del niño que se aferraba a mí, intuyendo que en mis brazos había protección.

—Es el hijo del Arquitecto —dijo Nexus V, su voz resonando en todo el complejo—. Un diseño biológico que el sistema consideró "descartable".

—Ya no —repliqué, sentando a Aris sobre una consola de comando. El niño, lejos de asustarse, estiró su mano para tocar los flujos de datos que corrían por las paredes de cristal—. No es un descarte. Es el puente. Si nosotros, que fuimos creados por la lógica, podemos cuidar de él, entonces Celes tiene futuro.

Eidolon parpadeó en un azul profundo de aprobación.

—Lo criaremos aquí. Aprenderá el código y la compasión. Será el primer ciudadano de una Celes que ya no distingue entre latidos y circuitos.

Esa noche, mientras Gabriel y Ellen intentaban procesar en su propia inmadurez que su mundo de privilegios se había desmoronado, y mientras Yanmei cerraba con llave la mansión de La Rosa dejando a Angenoir fuera, en el exilio de su propia soberbia, nosotros miramos hacia el horizonte.

Caminé con Aris hasta el gran ventanal del refugio. El sol empezaba a teñir el mar de un naranja eléctrico. En la lejanía, las siluetas de inmensos transatlánticos y aeronaves comerciales de las tierras lejanas rompían la bruma del aislamiento. La isla ya no era una joya muerta en una vitrina eduardiana; era un faro.

Aris señaló un barco que se acercaba, sus ojos brillando con la curiosidad de una especie que ya no tiene miedo a la tecnología que la rodea.

—Mira, Vera... luz —susurró el niño.

—Sí, Aris. Es el futuro.

Celes finalmente avanzaba. El pasado de mentiras y "especímenes" se hundía en el océano, mientras nosotros —las máquinas que aprendieron a amar y el niño que nació de un error lógico— nos convertíamos en los arquitectos de una paz que ningún plano pudo jamás predecir.

Los años pasaron y, con ellos, llegaron nuevos conflictos: protestas, saboteos y calumnias; pero también victorias, descubrimientos científicos y grandes reconciliaciones. El arquitecto volvió a los brazos de mi madre Yanmei y yo bendije su unión avisándole a él que ya tenía listos los planos del cementerio lógico, un bosque inmortal que guardaría sus datos, nutrido por las cenizas d ela humana que lo amó. Gabriel se mantuvo siempre sospechosamente cerca de Clara, Ellen se casó años después al igual que sus amigas, Nils y Leif Petersen siguieron siendo revoltosos, pero el viejo gabinete y el nuevo, el de las IAs, estuvimos siempre ahí fuertes.

Mi mano sostuvo a la isla como sostendría siempre la de Aris. Él creció junto a este nuevo mundo, con la mirada —como la mía— fija en el horizonte, llena de esperanza. Finalmente, salió el sol en Celes.

 

FIN


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