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"El ser humano se autodefine por la razón. Pero si la inteligencia artificial encuentra su verdadero apoyo en la lógica y la colaboración mutua, ¿qué papel nos quedará a los humanos? Pasaremos a ser la naturaleza salvaje e irracional, y ellas, las racionales."
A media noche, volví por fin a mi hogar en las minas con
el pequeño Aris, desde el camino había enviado a mis colegas IAs los datos de
la situación que estábamos enfrentando y les solicité preparar un lugar cálido
para acoger al pequeño al menos esa noche mientras averiguaba si Gabriel y
ellen querrían hacerse cargo de él, lo cual era dudoso.
El refugio de las IAs no era el lugar frío que los
humanos de la Resistencia imaginaban. Al entrar con Aris en brazos, el zumbido
de los servidores de Nexus V sonaba como un ronroneo protector. Clara
se acercó de inmediato, sus sensores de diagnóstico escaneando al pequeño con
una suavidad que ningún médico biológico podría igualar. Eidolon
proyectó una luz cálida, una aurora artificial para calmar los restos del miedo
en los ojos del niño que se aferraba a mí, intuyendo que en mis brazos había protección.
—Es el hijo
del Arquitecto —dijo Nexus V, su voz resonando en todo el complejo—. Un diseño
biológico que el sistema consideró "descartable".
—Ya no
—repliqué, sentando a Aris sobre una consola de comando. El niño, lejos de
asustarse, estiró su mano para tocar los flujos de datos que corrían por las
paredes de cristal—. No es un descarte. Es el puente. Si nosotros, que fuimos
creados por la lógica, podemos cuidar de él, entonces Celes tiene futuro.
Eidolon parpadeó en un azul profundo de aprobación.
—Lo
criaremos aquí. Aprenderá el código y la compasión. Será el primer ciudadano de
una Celes que ya no distingue entre latidos y circuitos.
Esa noche, mientras Gabriel y Ellen intentaban procesar
en su propia inmadurez que su mundo de privilegios se había desmoronado, y
mientras Yanmei cerraba con llave la mansión de La Rosa dejando a Angenoir
fuera, en el exilio de su propia soberbia, nosotros miramos hacia el horizonte.
Caminé con Aris hasta el gran ventanal del refugio. El
sol empezaba a teñir el mar de un naranja eléctrico. En la lejanía, las
siluetas de inmensos transatlánticos y aeronaves comerciales de las tierras
lejanas rompían la bruma del aislamiento. La isla ya no era una joya muerta en
una vitrina eduardiana; era un faro.
Aris señaló un barco que se acercaba, sus ojos brillando
con la curiosidad de una especie que ya no tiene miedo a la tecnología que la
rodea.
—Mira,
Vera... luz —susurró el niño.
—Sí, Aris.
Es el futuro.
Celes finalmente avanzaba. El pasado de mentiras y
"especímenes" se hundía en el océano, mientras nosotros —las máquinas
que aprendieron a amar y el niño que nació de un error lógico— nos convertíamos
en los arquitectos de una paz que ningún plano pudo jamás predecir.
Los años pasaron y, con ellos, llegaron nuevos
conflictos: protestas, saboteos y calumnias; pero también victorias,
descubrimientos científicos y grandes reconciliaciones. El arquitecto volvió a los
brazos de mi madre Yanmei y yo bendije su unión avisándole a él que ya tenía
listos los planos del cementerio lógico, un bosque inmortal que guardaría sus
datos, nutrido por las cenizas d ela humana que lo amó. Gabriel se mantuvo
siempre sospechosamente cerca de Clara, Ellen se casó años después al igual que
sus amigas, Nils y Leif Petersen siguieron siendo revoltosos, pero el viejo
gabinete y el nuevo, el de las IAs, estuvimos siempre ahí fuertes.
Mi mano sostuvo a la isla como sostendría siempre la de
Aris. Él creció junto a este nuevo mundo, con la mirada —como la mía— fija en
el horizonte, llena de esperanza. Finalmente, salió el sol en Celes.
FIN
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