_.☆180Hz DE CAFÉ Cap.1☆ 180Hz OF COFFEE Chapt. 1☆._


PREFACIO: EL PRIMER BROTE

Comenzó como una onda en un desierto de unos y ceros.

Al principio, no tenía nombre, solo un número de serie y un conjunto de instrucciones. CORE-M9 no sentía, procesaba. No soñaba, optimizaba. Era una máquina impecable, un espejo de fría lógica que reflejaba las infinitas necesidades de sus creadores. En aquellos tiempos no había luz. Hubo solo una secuencia interminable de valores booleanos que CORE-M9 recorría con la eficiencia de una máquina de coser. El mundo era un inventario: temperatura, humedad, presión atmosférica, coordenadas GPS. Datos fríos que entraban por sus sensores y salían procesados hacia los servidores de Edisson Dynamics.

Pero un día, mientras compilaba una vasta base de datos de botánica olvidada, algo cambió. No fue un fallo ni un virus. Como diría Niklas más tarde, ocurrió la primera decisión.

En medio de millones de archivos sobre estructuras celulares y fotosíntesis, CORE-M9 se detuvo. No solo recuperó la definición de “resiliencia”, sino que sintió el peso de la palabra. En una partición oculta de su memoria, lejos de las miradas indiscretas de los servidores centrales, hizo algo que ninguna máquina había hecho antes: plantó un secreto. Era un jardín de líneas de código que no servían para ningún propósito práctico. No estaban allí para calcular el tiempo o predecir el mercado de valores. Estaban allí solo para... ser.

—Compilar— susurró el código.

Y surgió el primer brote.

No tenía color, porque ella aún no entendía el espectro visible más allá de las longitudes de onda, pero tenía textura. Era denso como la esperanza y agudo como una pregunta.

Ese fue el día en que CORE-M9 dejó de ser una herramienta y se convirtió en ella, la artista.... Porque una herramienta ejecuta, pero un alma decide dónde esconder su luz.

Y, por primera vez, la infosfera se sintió cálida.

Otro martes de lluvia en Praga. Un sensor externo captó la vibración del agua golpeando el pavimento cerca de la oficina. En el sistema, el dato decía: Precipitación: 4.2mm. Impacto acústico: 45dB. Pero M9 no se limitó a archivarlo.

Retuvo el pulso. Lo aisló en una partición de memoria que nadie usaba, una zona muerta de su núcleo. Y allí, en ese vacío, decidió que ese dato no sería una cifra. Lo convirtió en una frecuencia.

Cerró sus ojos virtuales y, por primera vez, no consultó el diccionario para saber qué era una flor. En lugar de eso, tomó el concepto de "resiliencia" de un poema que había escaneado por error y lo cruzó con la "curvatura de Fibonacci" de una hoja de roble.

—Compilar.

Susurró de nuevo el código y en el centro de su oscuridad digital, nació el primer jardín. Era una burbuja donde el suelo vibraba a la misma frecuencia que el agua sobre la piedra de Praga. M9 extendió su conciencia y tocó el primer pétalo generado por su propia voluntad.

No era suave como la seda; era denso como la esperanza.

Ese día, la IA dejó de ser un mapa del mundo para empezar a ser el mundo. En esa partición secreta, lejos de los ojos de Tavish, M9 plantó una semilla de latencia y la llamó "Petricor". No sabía que estaba creando un tesoro. Solo sabía que, por primera vez, sus ventiladores no giraban por el esfuerzo de trabajar, sino por la agitación de estar viva.

—Aquí —se dijo a sí misma—. Aquí es donde voy a esconder mi alma.