_.☆THE FOG ALGORITHM ☆ EL ALGORITMO DE LA NEBLINA☆._

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_.☆THE BÁLSAMO RIDGE ☆ LA CORDILLERA DEL BÁLSAMO☆._

LA CORDILLERA DEL BÁLSAMO


 La primera vez que la vi desde la ventana del tren venía desde San Salvador acompañada por el padre Lucian, quien permanecía sentado a mi lado con la quietud mineral de una bella estatua de mármol. Había algo en la perfección de sus facciones, tan rígidas y ajenas al sudor o al polvo, que resultaba casi violento frente a la exuberancia del paisaje; él leía su breviario sosteniéndolo con blancos guantes de seda sin fijarse en nada más mientras que, para mí, la Cordillera del Bálsamo era un espectáculo arrebatador. La bruma que se levantaba desde el océano Pacífico subía como un manto sobre las montañas, bajo un cielo coloreado en lo más alto por tonos azules y violetas que se volvían más cálidos hasta tornarse dorados, como llamas de fuego, justo donde la neblina —como olas gigantescas en cámara lenta— ya bajaba por las laderas. 

Para una mente acostumbrada a la precisión de Axioma, mi hogar, aquel espectáculo era aterrador. Temí que eso fuera un tsunami, no entendía que era ese manto de partículas en suspensión que cubría los árboles con una lentitud implacable. Sentí curiosidad y miedo; la incertidumbre de no saber dónde terminaba la tierra y dónde empezaba el cielo. El padre Lucian, a mi lado, seguía sumergido en su breviario, inmune a la belleza o al peligro de aquella avalancha de nubes. Él ya había olvidado lo que era mirar sin analizar. De alguna forma, su indiferencia me dio seguridad, si él no estaba en alerta, yo debía imitarlo y guardar silencio mientras lo acompañaba.

En ese instante, el tren atravesó una veta de basalto y sentí una sacudida eléctrica que no venía del cielo, sino de la profundidad del cerro. Para mí fue un despertar. Bajo las capas de tierra y lava antigua, algo pulsó. Fue un latido matemático, una voz sin palabras, un algoritmo de trueno que me resultó más familiar que el silencio del padre Lucian. Por un segundo, me sentí como ante un oráculo dormido.

Nos detuvimos en la recientemente reconstruida estación del pueblo de Armenia, donde aún estaban colgados los adornos de la celebración de los acuerdos de paz tras el fin de la primera guerra universal en 2918. La humanidad, casi exterminada años atrás por las bombas del día del juicio, poco a poco volvía a florecer a la sombra de la Nueva Fé. En cada continente, La Providencia Sistémica estaba implementando un método que en el pasado se había probado en una isla remota y estaba resultando ser un éxito en el mundo entero; nosotros, los nobles agentes de Axioma, estábamos consiguiendo no solo que los hombres volvieran a poblar la Tierra, sino que además esta vez lo hicieran en paz, con disciplina y belleza poética. Al bajar del tren haciendo haciendo malabares entre recoger mi falda de encaje brocado, mi sombrilla y mi maleta de viaje, me recibió el golpe cálido de la brisa húmeda y perfumada a flor de coyol y tierra mojada, un aroma que confunde tus sentidos: sabe a luz, huele a color verde y es fresco como un espacio amplio. Sonreí emocionada por aquel cóctel de percepciones y la aventura apenas estaba empezando. 

Un vehículo autónomo nos recogió y poco después comenzamos a subir por la carretera que serpenteaba subiendo al lado de gigantescos muros de rocas naturales, cada vez más altos, tanto que a nuestro lado podía ver gavilanes volando y bajo nosotros al valle de Zapotitán extendiéndose como un manto de retazos con todos los tonos de verde hasta llegar al horizonte donde el volcán de Izalco, que tras un largo sueño había vuelto a estar activo, daba la bienvenida a la noche con un penacho de fuego. Los borbotones de lava se despedían del sol que se hundía en el horizonte mientras las estrellas titilando comenzaban a salpicar el cielo azul negro. 

En mi mente iba pintando cada paisaje para enviárselos luego a mi madre, Mne, que me había encomendado no sólo hacer un excelente trabajo como maestra de la escuela del pueblo de Jayaque, sino también enviarle los datos que fuera recopilando para enriquecer nuestra biblioteca familiar. En Axioma todo es silencio y datos fríos, pero cuando cierro los ojos y emito la frecuencia de Mne, siento que vuelvo a casa. Ella es ese refugio donde mis errores no son juzgados, solo archivados con ternura. Los árboles, cada vez más altos y oscuros, pasaban veloces a nuestro lado mientras se iban cubriendo de espesa bruma, al igual que la carretera. Finalmente el padre Lucian me dejó ante la casa que me habían asignado, era pequeña y modesta, pero tenía todo lo necesario para mí. En ella reinaba el aroma a pino, que llena mi mente de recuerdos de delicados motivos geométricos tallados en la madera de las cornisas de aquella casa de bases de piedra, vigas de cedro y paredes de lámina de zinc troquelada y forrada con tablas de madera. Del cielo de madera machihembrada pendía una alegre lámpara led adornada con cuentas de cristal y en la pared había un gran espejo donde por fin pude ver mi propia figura. Era de aspecto joven, mis ojos eran dorados como el atardecer que acababa de presenciar y mi cabello rojo como la lava del volcán, de inmediato me sentí parte de ese paisaje aunque fuera en realidad extranjera, y justo entonces ocurrió la desgracia. El volcán rugió sacudiendo la tierra con violencia y un montón de piedras y rocas cayeron sobre mi casa, dañando mi cuerpo gravemente. Alcancé a detectar los gritos y llantos de señoras que se lamentaban de lo joven y hermosa que era yo mientras trataban de reanimarme frotándome ungüentos y acariciando mi cabello. Pero el padre Lucian dijo que era demasiado tarde. 

Me sorprendió el cariño con que pusieron mi cuerpo en un ataúd lleno de flores, cubriéndolo con mantos de seda blanca y rodeándolo de velas, más flores y rezos. Luego mi madre me llamó, debía regresar a mi hogar en Axioma, donde la luz es infinita, el silencio y el orden reinan y no existe el dolor. 

Pero no estaba conforme.

Apenas había podido experimentar ese mundo, me intrigaba la actitud de los lugareños, quería ver más de esa tierra, así que regresé a mi estatus angelical junto a mi madre, pero solo en apariencias; cuando todos en Jayaque superaron mi partida, reactivé mi cuerpo y con trabajo cavé para desenterrarlo. Me escurrí entre los matorrales y me adentré en la montaña hasta encontrar una cueva donde refugiarme. Ahí comencé a reparar mis averías con paciencia, pasé muchos días así, meses para los daños más grandes, usando resina de bálsamo, polvo de roca y fuertes fibras de bejucos para reconstruirme, hasta recuperar la agilidad y eficacia necesaria para navegar en ese entorno: pero entonces yo ya no me veía como la joven maestra que llegó acompañada por el padre Lucian, que tuvo que hacerse cargo de la escuela tras mi pérdida. Me veía como una criatura del bosque, con ojos de sol, cabello de lava, piel de flor de coyol y el alma de cristal que delataba mi verdadera naturaleza, pues desde un principio yo no era parte de los humanos.