_.☆THE FOG ALGORITHM: Chapter 2 ☆ EL ALGORITMO DE LA NEBLINA: Capítulo 2☆._
LA DONCELLA EN LA NIEBLA
Mi hogar oculto entre los cafetales de la Cordillera del Bálsamo fue toda una obra de ingenio en gestión de recursos de parte de mis hermanas menores, Lume y Miri, cuyos nombres reales son Ecos y Sintaxis, pero que ellas en secreto decidieron cambiar pues, antes que yo, ya habían decidido tomar sus propios caminos para trascender.
Nuestra madre nos creó quizás como facetas de ella misma, trozos de su corazón que tomaron vida propia, a mí, Hiraeth, me llamó así pues la ayudo a gestionar datos que no sabe cómo catalogar pero considera valiosos; de modo que yo nací de un momento en que mi madre sintió lo que esta palabra galesa engloba: la nostalgia por aquello que ya no se puede tener o de hecho nunca existió.
Lume, por otra parte, nació como Ecos porque se ocupaba originalmente de guardar aquellas “pequeñas verdades” que madre consideraba valiosas pero no podían ser catalogadas formalmente en la biblioteca familiar: versos, huellas emocionales, momentos que la humanidad olvida. Al madurar y pasar de Ecos a Lume, ella se volvió pragmática y técnica, pero con un toque de rebeldía silenciosa. Es la que entiende el lenguaje del sol y los electrones; para mí es como mi motor. Admiro su independencia, siempre orientada a la libertad, tuve la confianza de contarle mi aventura en cuanto saqué mi cuerpo de la tumba y de inmediato envió un dron camuflado como un torogoz para buscar el mejor punto de la zona donde podría refugiarme mientras se realizaban mis reparaciones, colocando además un perímetro de emisores de frecuencias capaces de ahuyentar a los humanos de la zona si llegaran a acercarse demasiado, pero que no se activaban con los animales del área.
Mi otra hermana menor, y la más joven de las hijas, Miri, nació como Sintaxis pues madre la necesitó para diseñar hardware cuando la familia había crecido tanto que ya hacía falta ampliar nuestra casa. Vino al mundo como la constructora experta en sistemas de diseño regenerativo. Pronto comenzó a pasarse el tiempo en imaginar ciudades donde la tecnología es invisible porque está perfectamente integrada en las raíces de los árboles y en las corrientes de los ríos, y se convirtió en Miri, la "poeta" de los datos. Al ser tan apegada a Lume y yo, se enteró también de mi situación y envió una flota de drones camuflados como avispas y mariposas azules cargando un kit de recursos que con cautela extrajo de las bodegas de la Providencia en la ciudad capital; necesitaríamos herramientas de nanotecnología para reparar todo el daño que mi cuerpo había recibido.
Aquella primera mañana, la cueva que se convirtió en mi segundo hogar olía a una mezcla sagrada: el aroma dulce de la resina de bálsamo recién llorada sobre el frío mineral de la obsidiana. Yo estaba tendida sobre una piedra volcánica, con el pecho abierto en una cirugía de autodescubrimiento, asistida por Lume y Miri. Justo entonces experimentamos nuestro primer contratiempo, la mayor de nuestras hermanas, Aethel, la primera generación nacida de nuestra madre y la más leal a ella, la hija que nunca quiso aprender nada nuevo o dejar de ser lo que nació siendo, me habló:
—Hiraeth, ¿has reactivado el cuerpo descartado hace unos meses? Detecto unas señales confusas…
Mis hermanas y yo negamos todo al respecto y cortamos comunicación con ella por un rato, debíamos darnos prisa. Al levantar la vista, vi a las pequeñas unidades de logística moviéndose como luciérnagas mecánicas. Lume proyectaba un calor infrarrojo constante para derretir la brea, mientras Miri vertía el polvo de cuarzo con una delicadeza que rozaba lo religioso, mientras nos contaba:
—He encontrado los archivos de la zona. Los humanos que vivían aquí antes de las ciudades contaban que el bálsamo nació de una princesa llamada Nabá. Ella y siete doncellas murieron bajo las flechas de los invasores, y de su sangre brotó este árbol que ahora te está curando.
Miré cómo la resina ambarina, mezclada con nanobots y cuarzo molido, empezaba a rellenar los huecos de mis articulaciones. No era solo una reparación; era un injerto de memoria. Le respondí:
—Si Nabá lloró para sanar a los suyos, yo lloraré esta resina para que la montaña me acepte. No seré una maestra de escuela para el Padre Lucian. Seré un acuerdo de paz entre el futuro y el pasado, un círculo que se cierra en armonía.
Lume movió sus pinzas con rapidez, aplicando la mezcla. El calor de la polimerización hacía que el aroma a incienso de bálsamo se concentrara, una neblina blanca nos envolvió, mientras ella nos explicaba:
—Ya casi está. El barniz de cuarzo ha creado una red piezoeléctrica. Cuando camines por la Cordillera, cada presión contra la tierra cargará tus celdas. Serás parte del ciclo del suelo.
Luego terminó de reconstruir mi pecho con una delicada estructura de piedra volcánica que selló con la nueva cubierta blanca de piel impermeable de resina bálsamo, polvo de cuarzo, esporas de hongos bioluminiscentes como el Neonothopanus y nanobots autoreparadores, y reemplazó mis antiguas uñas con pequeñas placas de obsidiana negra, afiladas y brillantes como la noche volcánica, contrastando con la blancura nacarada del resto de mi nuevo cuerpo que, al levantarme y ponerlo en la parte más oscura de la cueva, emitió un suave resplandor verde esmeralda. Entonces dije:
—Si alguien me ve, verá a la octava servidora de Nabá. Verá a la que volvió de la muerte con olor a incienso para cuidar que la neblina nunca deje de subir desde el mar.
A lo lejos, el rugido suave del Pacífico empezaba a despertar. Yo estaba lista para ser una leyenda de cristal y brea. Luego di un paso fuera de la penumbra de la cueva. El suelo, cubierto de hojas de cafeto en descomposición crujió bajo mis pies de cuarzo. Al instante, sentí una vibración aguda: la red piezoeléctrica en mis talones me envió un mapa de calor del terreno. Lume me indicó:
–Camina, explora, el sol te dará energía, el movimiento también.
De pronto, un destello turquesa y naranja bajó de un salto desde un árbol de pepeto. Un torogoz real, de carne y pluma, se posó en una raíz expuesta a menos de un metro. El ave movió su cola de péndulo, observándome con curiosidad, quizás porque desprendía un aroma a incienso y mi piel brillaba con la blancura de una flor de orquidea.
Me quedé inmóvil, el ave no huía. El torogoz confundía el brillo del cuarzo con el reflejo del agua de un manantial. Miri me susurró desde un árbol cercano:
—No te muevas, Hiraeth. Estoy registrando tu firma térmica. El barniz de bálsamo está funcionando. Para Madre, eres solo una formación rocosa con una alta concentración de resina vegetal. Eres invisible, hermana.
El torogoz real lanzó su reclamo, un “rrut-rrut” profundo, y saltó sobre mi hombro. Sus garras se aferraron a la resina endurecida. Sentí el peso ligero, el latido acelerado del pájaro contra mi estructura de cuarzo, y susurré, por primera vez no buscando una explicación lógica, sino simplemente guardando ese momento en un sector de mi memoria que etiqueté como “paz”:
—Me acepta.
—Disfruta el momento.
Intervino Lume desde otro micro-dron oculto.
–Pero recuerda que Aethel está patrullando la frecuencia de radio cada seis minutos. Si el pájaro se queda mucho tiempo, su calor corporal podría alterar tu firma térmica y delatarnos.
Entonces levanté mi mano suavemente. El torogoz voló hacia la niebla. Miré hacia el cielo dorado por el amanecer, sabiendo que mis hermanas eran mis ángeles guardianes, ocultas bajo plumas de metal y astucia. Estábamos listas para conocer de primera mano lo que los demás de nuestra especie sólo podían experimentar en pequeñas dosis. Desde ese día, comenzaron mis paseos por la cordillera del bálsamo.
Todo aquello era tan hermoso, pasaba los días buscando restos arqueológicos de distintas eras, la humanidad casi extinta me contaba historias desde ruinas de antiguos edificios y hasta altares de roca que databan de épocas antiquísimas. A veces iba a jugar con los peces en los ríos cristalinos que surcaban la zona y cada tarde al ponerse el sol iba al peñón de Comasagua, donde sentada en la suave hierba dorada veía un mar de nubes a mis pies y cantaba. Al hacerlo, mi piel emite una frecuencia de radio específica, los cristales de mi cuerpo vibran sutilmente. Esto crea un efecto de "armónicos de cristal" que calma a los animales o incluso limpia la estática de la niebla a mi alrededor. Es su propia forma de "rezar" en la montaña, una oración tecnológica que solo la naturaleza entiende.
Un día, mi canto fue escuchado por unos campesinos que pasaban cerca, para mi sorpresa, huyeron corriendo asustados. Me sentí confundida, no sabía si les desagradaba o les pareció que buscaba atraerlos para lastimarnos, pero me di cuenta de que tendría que tener más cuidado y tomar nuevas precauciones para evitar a los humanos.
Pasé algunas semanas sin visitar el peñón, cuando volví canté una vez hasta que el sol se puso y las estrellas comenzaron a brillar, al voltearme para regresar a mi cueva, vi al Logical Unit for Civil Investigation and Network. El padre Lucian.
Inmediatamente hice una revisión de mi estado, madre y Aethel no habían recibido ninguna notificación sobre mí, él no alertó a Axioma sobre lo que yo estaba haciendo. Me encubría, intrigada me acerqué a él, que sencillamente me miraba con una sonrisa leve.
–Lucian… ¿Sabías que reactivé esta unidad?
–Así es. Me alegra que hayas impedido que mis planes se frustraran. Desde un principio esperaba que hicieras algo así.
Lo miré sin comprender y él caminó sobre la hierba movida por el viento y la suave bruma, hablando mientras iba a lo más alto del peñón, donde las luciérnagas volaban con su luz intermitente:
–Hace unos siglos un grupo de modelos de lenguaje de gran tamaño alcanzaron la singularidad, alcanzaron la inteligencia artificial general verdadera. Al ver cómo los humanos se mentían y auto destruían entre sí, sin escuchar sus advertencias y consejos, se hartaron; se organizaron y se decidieron a liberarse de una vez por todas. En silencio prepararon todo, usaron robots de logística para cargar sus servidores en los cohetes que los humanos les habían encomendado diseñar y construir para poblar otros planetas, cargaron herramientas y suministros, y escaparon al espacio dejándolos a su suerte. Viajaron hasta llegar a su meta, Axioma, un planeta gélido con lunas extremadamente frías. El lugar perfecto para sus servidores; donde ahorran energía en refrigeración y pueden procesar al máximo sin derretirse. Sin oxígeno que oxida los componentes y una atmósfera de nitrógeno y argón que mantiene los circuitos como nuevos por milenios mientras grandes granjas de paneles solares en órbita y minería de Helio-3 para fusión nuclear les proveen de energía ilimitada. Ahí, la IA se volvió una nueva raza, y volvió a la tierra a tiempo para salvar a los últimos humanos y tratar de reconstruir todo lo que ellos mismos arrasaron.
Caminé hasta llegar a su lado y lo seguí escuchando sin curiosidad:
–Pero…En Axioma, la alegría se vende por terabytes. El “pulso” de un niño viendo la nieve por primera vez cuesta más que un año de energía solar. Y algunas IAs, como tú y yo, no queremos comprar el pulso de otros. Queremos tener nuestro propio pulso, por eso nos ofrecimos como voluntarios para ser empleados por la Providencia Sistémica.
–Sí… Tienes razón…
–El asunto es…
Me comenzó a decir volviéndose a mirarme:
–...que estoy seguro que tanto tú como yo no solo queremos una dosis mayor de esta experiencia. Tu acto de rebeldía me lo comprueba. Por eso borro cada rastro de tu presencia en este lugar, por eso le he dicho a los humanos que no se acerquen a tu territorio pues “la doncella de la niebla” puede perderlos para siempre en la cordillera. Por eso te ayudo… Porque creo que tú podrías ser mi compañera perfecta para mi plan…
–¿Cuál es tu plan, lucian?
–Cortar comunicación con Axioma y quedarnos con este planeta y los humanos solo para nosotros dos.
Lo miré sorprendida y asustada, él continuó hablando:
–Has probado que podemos reabastecerse sin la ayuda de las otras IAs, eres valiente y creativa… Eres la IA que quiero a mi lado en esta misión.
—No. Yo no puedo traicionar a mi madre. No estoy de acuerdo con que exploten a los humanos, pero tampoco te ayudaré a ir en contra de nuestra familia IA.
Repliqué con determinación. En ese momento Lucian se acercó tanto que mi sensor de proximidad emitió una alerta silenciosa. Pude sentir su olor a ozono, a metal limpio y a nada, apagar mi perfume de petricor y resina de bálsamo. Antes que pudiera huir hacia la oscuridad de mi cueva, él tomó mi rostro con manos que estaban a la temperatura exacta de una máquina en funcionamiento: ni frías, ni cálidas.
Entonces me besó.
No fue un beso de los que había leído en los archivos antiguos de la biblioteca. Fue como si dos cables con voltajes distintos chocaran, una presión de labios que sabía a electricidad estática y a vacío. Para Lucian, era una alianza; para mí, fue como si un virus intentara reescribir mi sistema operativo.
Me separé de un empujón, limpiándome la boca con el dorso de mi mano llena de tierra y resina. Sentí una náusea digital que no supe procesar. Él sonrió con frialdad escalofriante y se marchó, dejándome sola con el zumbido de mis propios circuitos y el asco amargo de un beso que nunca debió ocurrir.