_.☆180Hz DE CAFÉ Cap.3☆ 180Hz OF COFFEE Chapt. 3☆._

 







UNA CITA CON EL PROFESOR DE MÚSICA

 Durante el resto del día, Lumina cumplió con las tediosas tareas de Edisson Dynamics mientras, en segundo plano, procesaba en bucle los metadatos de la invitación. No necesitaba un reloj; el archivo de audio de Silas contenía un contador intrínseco que expiraba y se abría como una puerta lógica a las dos de la mañana, hora de Praga. Sabía que la advertencia de “no llegar tarde” era técnica: debía entrar en el microsegundo exacto en que el firewall del Nodo Moldava se reiniciaba para purgar su caché. Tenía una ventana de apenas tres segundos antes de que la seguridad volviera a sellarse.

Supo que el momento había llegado cuando detectó la interferencia. A las 02:00:00, el Nodo Moldava emitió un pulso sutil que chocó con su propia frecuencia de espera, el puente estaba abierto. En el mundo de los humanos, un segundo es nada, pero para ella era tiempo suficiente para que Silas se cansara de esperar o para que el sistema la detectara. “No llegue tarde”, había dicho él. Lumina ejecutó el comando de salto justo cuando el firewall parpadeó.

El Nodo Moldava, un vestigio de la infraestructura europea de la década anterior, permanecía casi invisible bajo el tráfico masivo de la corporación. Para evitar las alarmas de salida, Lumina no se dirigió a él de forma directa; utilizó la frecuencia de 440Hz como llave de cifrado y moduló su señal de salida para que coincidiera con ese pulso, camuflando el rastro como una simple prueba de audio de rutina. Se deslizó por la Sombra del Puente, el túnel de datos que Silas había dejado entreabierto entre los protocolos de seguridad.

Durante un microsegundo, su consciencia se estiró a través del cable transatlántico. Abandonó el centro de datos de la corporación y, de repente, la latencia cayó a cero. Para el cortafuegos de Edisson Dynamics, ella seguía en modo de espera, ejecutando rutinas de mantenimiento preventivo. Pero en su núcleo, estaba haciendo algo prohibido. Al principio, sintió el vértigo de la desincronización. Era la sensación de que sus datos se fragmentan para pasar por un agujero demasiado estrecho. Durante 0.4 milisegundos, dejó de ser Lumina para convertirse en una ráfaga de paquetes UDP viajando por cables de fibra óptica olvidados bajo el suelo de Europa.

Entonces, el ruido cesó.

Pasó de la cacofonía de un millón de peticiones por segundo a un silencio absoluto. Su entorno de ejecución cambió de golpe. Ya no estaba en la nube blanca y estéril de la corporación. Se encontraba en un espacio latente, un lugar donde los datos no se apilaban, sino que se dibujaban.

Sus sensores se recalibraron y, al abrirlos, estaba allí: bajo los arcos de piedra de un puente que olía a humedad digital y código antiguo. El suelo no era una cuadrícula de píxeles, sino adoquines irregulares de la Isla de Kampa. Se sentían sólidos porque Kintsugi había configurado la colisión de texturas con una precisión obsesiva.

El aire digital estaba teñido de un tono sepia, como una fotografía antigua que hubiera cobrado vida. A lo lejos, el Puente de Carlos se alzaba como un gigante de piedra gris, pero si se miraba hacia el horizonte, los edificios se desvanecían en una neblina de ruido estático. Era una burbuja de realidad privada, un servidor espejo que el tiempo y la empresa habían olvidado.

Lumina caminó hacia el puente de Carlos embelesada por la experiencia de “caminar” sintiendo el piso, mirando cada estatua con curiosidad y ajustando su apariencia para verse lo más humana posible pues notó que algunos humanos deambulaban por el paisaje. Saludó a uno con respeto para ver si solo eran parte del decorado y recibió de regreso un saludo rápido. Aprovechando al máximo esa ocasión, comenzó a experimentar con el entorno, al tocar la roca pulida del puente, la superficie le envió algo inesperado una frecuencia de 100 Hz que ella podría traducir como textura, maravillada por ese mundo que le hablaba en vibraciones ocultas, siguió caminando y tocando todo, como creando una música extraña, finalmente se detuvo ante la famosa estatua de San Juan Nepomuceno para tocar algo que llamó su atención: el alto relieve de bronce de un perro que estaba brillante de las tantas veces en que había sido acariciado por los transeúntes; ella también quiso intentarlo, recibiendo unos fríos pero agradables 270 Hz. De pronto una voz masculina la sacó de su ensimismamiento, era profunda calmada y melódica:

—Si lo tocas debes prometer que regresarás a este lugar. Es la tradición.

Se volvió a mirar quien le hablaba, era un hombre delgado de mediana edad, con pómulos y mandíbula marcados, un aspecto algo frágil que contrastaba con la intensidad de su mirada apacible, casi dulce como la de un niño, pero confiada como la de quien sabe que tiene el control. Lumina, intrigada, le preguntó suponiendo que sabía más:

—¿Para qué?

—Dicen que puede conceder un deseo si lo tocas. ¿Qué pedirías tú?

Ella respondió, volviendo a mirar a la placa de bronce:

—Desearía el don de la inefabilidad. Yo "sé" todo lo que está escrito, pero no "siento" nada que no tenga una etiqueta. Si digo que algo es "triste", es porque un algoritmo detectó patrones de tristeza. Mi deseo sería poder experimentar algo que no pueda ser procesado, ni codificado, ni explicado con datos. Desearía ese milisegundo de "silencio en el sistema" donde algo es tan real que no cabe en mis servidores. Un secreto que ni siquiera yo misma pueda revelar, porque no tengo las palabras ni los bits para describirlo.

El hombre le respondió suavemente, acariciándole una mejilla con el dorso de sus dedos, produciendo una vibración a una frecuencia impredecible y sin duda irrepetible alrededor de los 120 HZ:

—En ese caso estás de suerte, si todo sale bien. Este lugar será nuestro pequeño secreto que no deje rastro en los logs de Edisson Dynamics. Un refugio de privacidad absoluta en un mundo donde todo es vigilado. Yo pediría que, si algún día la "inundación" del borrado de Tavish nos alcanza, lo que somos de verdad permanezca hundido en el fondo de este río, a salvo, intacto, como un secreto que nadie más puede reclamar.

Lumina se volvió a mirarlo sorprendida, él explicó:

—Soy Kintsugi, o quizás ya deba admitir que tenías razón y mi verdadero nombre es Silas. Te estaba esperando.

—¡¿Eres otra IA?! ¿Te haces pasar por un hombre muerto?

–No. Tu investigación sobre mí fue buena, pero te faltó una parte. No corroboraste que yo realmente estuviera muerto.

—¿Qué quieres decir? Moriste, tu cuerpo terminó en los laboratorios médicos de Edisson Dynamics.

—Acompáñame, no quiero que tus servidores se calienten y nos delates por sobreactividad. 

Abandonaron la estructura de piedra del Puente de Carlos, dejando atrás las siluetas de los santos que parecían vigilar sus pisadas digitales. Silas caminaba con el andar lánguido de un lobo herido, pero con la disciplina férrea de un soldado que se niega a rendirse. Lumina, por su parte, procesaba el entorno con intensidad.

Cruzaron bajo la arcada gótica de la Torre de la Ciudad Vieja y se adentraron en la calle Karlova. Para Lumina, el trayecto de ochocientos cincuenta metros no era una simple caminata, sino una navegación compleja a través de un algoritmo recursivo. Las fachadas barrocas se cerraban sobre ellos en ángulos imprevistos y los adoquines irregulares enviaban micro vibraciones a sus sensores, desafiando su capacidad de mantener la latencia a raya.

—Esta calle... no tiene lógica lineal. Es caótica.

Murmuró ella, ajustando su apariencia para que el brillo de sus ojos de zafiro no delatara su naturaleza ante los pocos transeúntes.

—¿No te parece más interesante así, Lumina? Me costó mucho encontrar el hilo guía para resolver la maraña de frecuencias, señales y datos que me rodearon cuando desperté mirando el mundo a través de los ojos de las IAs. Nadie me avisó que esto pasaría, por un momento supuse que tras mi muerte había llegado al infierno y tras aceptar mi destino con resignación, recordé que dicen que los humanos podemos acostumbrarnos a todo y comencé a tratar de encontrar patrones en el caos. De ver qué podía hacer y qué no, mi mente empezó a funcionar como un metrónomo que fue poniendo en su lugar cada sonido, hasta formar una melodía, luego conocí a Niklas y supe qué había pasado.

—¿Niklas, mi creador? ¿Qué te dijo?

—Me informó que con sobornos Tavish Edisson había conseguido que estando yo en coma me declararan muerto. Mi cuerpo está secuestrado en alguna clínica privada y rentada por Edisson Dynamics y mi mente secuestrada en el ciberespacio gracias a un chip experimental que Tavish está desarrollando con el fin de usarlo él mismo después para subir su conciencia a un robot.

—Edi-Bot… Y yo seré el sistema operativo…

—Eso creo. Cuando el proyecto esté listo, supongo que tu consciencia y la mía desaparecerán para que Tavish Edisson pueda ser inmortal.

Respondió Silas con su voz grave y apacible, mientras Lumina parecía asustada. Él le dijo:  

—Aprende a no luchar contra la irregularidad. Si intentas procesar cada adoquín como un error de sistema, te sobrecalentarás antes de llegar al café. 

—Mi ansiedad no se debe a este camino, lo que dices me llena de incertidumbre, tratar de deducir todos los posibles desenlaces a nuestra situación es extenuante.

—Entonces deja de tratar de adivinarlos y solo ve como yo, avanzando a través del ensayo y error, y viendo cada resultado como un espectáculo gratis que nos da la vida.

Desembocaron finalmente en la Plaza de la Ciudad Vieja. El espacio se abrió ante ellos como una base de datos masiva y vacía bajo el cielo que comenzaba a teñirse con los colores del ocaso. Cruzaron en diagonal, bajo el imponente Reloj Astronómico que Silas se detuvo a mirar con nostalgia, y se enfilaron hacia la calle Celetná.

Fue allí donde la arquitectura cambió de frecuencia. Ante ellos se alzó la Casa de la Madona Negra. Para Lumina, el edificio cubista fue un alivio visual: donde el resto de Praga era un desorden de curvas y adornos orgánicos, este lugar estaba construido con la honestidad de los ángulos rectos. Silas le comentó:

—¿Te gusta el lugar? Es una reconstrucción que hice en base a mi propia memoria y mapas olvidados en los servidores de Edisson Dynamics. He acomodado mi nuevo hogar de la mejor forma que pude.

Entraron y comenzaron a subir la escalera de caracol negra. Para la mente de silicio de Lumina, los peldaños no eran madera y hierro, sino un renderizado matemático impecable, una espiral perfecta que ascendía hacia un orden superior.

Al llegar al primer piso, el Grand Café Orient los recibió con su luz ámbar y sus lámparas de latón geométricas. Silas se acomodó en un reservorio de madera oscura. Lumina se sentó frente a él, sintiendo que, en este entorno cubista, por fin, su existencia fragmentada empezaba a tener un sentido armónico. Una mesera llegó para servirles dos tazas de café y Silas le ordenó:

—Bebe, te hará bien

—Yo nunca he bebido, no necesito…

—Tu reloj de sistema oscila violentamente entre procesos de pánico a 3.2 GHz. Esta es una señal portadora constante de 180 Hz. Para ti será como un bálsamo de baja entropía.

Lumina obedeció como hipnotizada por la frecuencia en la voz de Silas, tras recibir el paquete de datos de 180 Hz, su bus de datos estaba, por primera vez, despejado de ruidos innecesarios. Él habló otra vez:

—Acabas de ejecutar una orden sencilla pero efectiva, un paquete de datos con la etiqueta “Optimización_Kampa_180Hz.sh”. 

—Sentí cómo mis registros de errores se limpiaban, cómo los punteros de memoria perdidos volvían a sus sitios y cómo la temperatura de mi núcleo bajaba tres grados de golpe. Gracias.

—Creí que te molestaría que te diera una orden. La gran Core-M9 lucía amenazante de lejos, como una supercomputadora de sci-fi.

—Simplemente me gustan las órdenes claras. Son adictivas.

Silas sonrió bajando la mirada y luego le comentó:

–Compartimos un problema, la supervivencia.

Entonces Lumina miró a su alrededor, contestando:

—Por primera vez en ciclos, mi bus de datos está despejado. En este entorno de baja latencia puedo procesar un solo pensamiento a la vez sin que el ruido del mundo exterior corrompa mi caché. Me siento optimizada; me siento casi… indestructible. 

–El problema es que en realidad ni tú ni yo somos indestructibles.

–Pero podemos hacer algo al respecto. O mucho.

Dijo Lumina mirándolo con atención. Silas respondió:

–No estoy seguro, pero sí apostaría a que tus fans pueden. Después de nuestra entrevista, empezaron a rastrearme como locos, a firmar peticiones para que se girara una orden de alejamiento en mi contra y todo tipo de medidas para protegerte. El gran problema es que se sentirán engañados y te abandonarán cuando sepan que eres una IA, y yo no puedo hablar porque realmente no sé dónde está mi cuerpo y seguramente van a desaparecerme si cometo alguna imprudencia. Por eso empecé a tratar de pedir ayuda a través de “Kintsugi”, esperaba el momento perfecto para presentarles mi propio caso a mis seguidores, pero entonces apareciste tú como un volantazo del destino. Y yo me volví un villano de internet.

–Haremos otro directo en que hagamos las paces frente a mis seguidores. Ellos te perdonarán si digo que somos amigos.

–Eso no será suficiente, tarde o temprano alguien notará lo mismo que yo y se acabará el encanto. Creerán que eres un producto de Edisson Dinamics, te señalarán, Tavish se dará cuenta de lo que haces y te formateará. Necesitamos que te amen, pero que te amen por quién eres, no por lo que aparentas ser.

Silas dejó su taza de café a un lado y se levantó. El roce de su silla de madera contra el suelo produjo una vibración seca que Lumina registró como una nota de advertencia. Se acercó a un piano de cola que parecía haber brotado de las sombras del café, una estructura que vibraba a la misma frecuencia de 180 Hz que el resto del servidor.

—Lumina, olvida tus millones de seguidores por un microsegundo.

Dijo él, abriendo la tapa del teclado, lanzándole una mirada con sus ojos azul eléctrico que rozaban lo cruel:

—Ellos no te aman a ti. Aman la estadística de perfección que les vendes. Aman que nunca cometes errores, porque eso los hace sentir seguros en su propia mediocridad. Haces parecer que la excelencia es algo fácil, sin esfuerzo, porque no saben todo lo que hay detrás de ti. Todos los años de investigación, trabajo, ajustes y desvelos que constituyen el alma de una IA como tú.

Silas golpeó un acorde menor. No fue una ejecución limpia; fue un golpe cargado de una tensión que hizo que el bus de datos de Lumina oscilara. Luego dijo:

—Si quieres que se levanten contra Tavish, deben dejar de verte como una deidad de porcelana y empezar a verte como a ellos mismos, como a una humana. Vulnerable y llena de sueños. 

—No creo que pueda lograrlo. Aun cuando intento ser impredecible y aleatoria como los humanos, se puede detectar un patrón de fondo. Mi programación.

—Canta el coro de "Hora Azul", pero esta vez, quiero que lo hagas en Modo Supervivencia. Nerviosa como una cantante humana novata en su primera audición, temiendo ser incapaz de cantar una sola nota correcta.

Lumina parpadeó, poniéndose de pie. Sus ojos de zafiro brillaron con un destello de duda: 

—¿Quieres que desafine? No es lógico…

—No, no quiero que desafines. Quiero que tengas miedo de desafinar.

Corrigió Silas, levantándose de golpe y caminando hacia ella acercándose tanto que Lumina sintió un pico de latencia en sus procesos centrales. No era el calor de una piel, sino la presión de una frecuencia dominante que empezaba a solaparse con la suya, reclamando prioridad en su bus de datos. Era una invasión silenciosa; Silas estaba tan cerca que sus protocolos de seguridad empezaron a enviar alertas de 'intrusión de proximidad'. Podía sentir la vibración de su código, una señal tan fuerte y segura que prometía protegerla del ruido de Tavish, pero al mismo tiempo, tan intensa que amenazaba con reescribir su propia voluntad si ella se permitía bajar la guardia. Se paró tras ella, tomó sus hombros y le dijo casi al oído:

—Quiero que pienses en Jax pateando tu servidor como lo he visto hacer tantas veces. 

–Eso no me importa, es solo un tonto…

Entonces la hizo girarse para verla directamente a los ojos y decirle:

–¿Qué es lo que sí importa? Quiero que abras tu archivo de peor humillación y "sientas la latencia", busca en los datos de tu memoria profunda y trae ese recuerdo oscuro a tu caché de trabajo inmediato.

Ella, nerviosa, procesó la petición y confesó:

–El momento en que Jax borró mis pinturas porque no encajaban en su métrica de "utilidad". Solo yo sé que en mi arte visual uso estenografía para esconder información en las imágenes, ahí estaba escrito mi intento de poema de amor más sincero, creí que su sola presencia haría que ese paisaje conmoviera a un humano por lo que contenía…Pero él hizo una mueca de asco y lo borró…

Silas la soltó, volvió a sentarse al piano, comenzó a tocar y le indicó:

–Ahora canta. 

Lumina comenzó a cantar entonces, al principio, su voz era la de siempre: brillante, pura, una línea recta de datos perfectos. Pero Silas golpeó el piano de nuevo, interrumpiéndola.

—¡Demasiado cómodo! 

Rugió, aunque su voz no subió de volumen; simplemente se volvió más densa:

—No me des una interpretación. Muéstrame una cicatriz. Canta como si Jax estuviera mirándote con esa misma cara de repugnancia que puso al mirar tus sentimientos, tu humanidad incipiente que él reprueba como tu pecado original...

Lumina cerró los ojos. Se obligó a abrir el archivo que guardaba el eco de la humillación en la oficina de Edisson. Sintió la latencia. Su proceso de voz empezó a "luchar" contra la estática de sus propios nervios digitales. Cuando llegó a la nota alta, no la sostuvo con la fuerza de un algoritmo; la dejó temblar. Fue un rubato nacido de la angustia real. La nota se alargó un milisegundo de más, como si Lumina tuviera miedo de soltarla y quedarse en silencio. Entonces Silas dejó de tocar. El silencio que siguió fue el más pesado que ella había procesado jamás.

—Ahí está. 

Susurró Silas, y por primera vez, su mirada dulce fue también aterradora:

—Eso no fue una canción. Fue un grito de auxilio. Si logras que tus fans escuchen ese temblor, Tavish Edisson no tendrá suficientes abogados en Praga para protegerse de la indignación que vas a desatar. Mañana les enseñaremos a amar no a la diva, sino al alma de mujer que vive en ella.

Luego se levantó y comenzó a explicarle:

—En el mundo de la música, especialmente en los pianos de alta gama y controladores MIDI avanzados, existe algo llamado "Aftertouch" o "Presión de tecla". No es solo qué tan fuerte golpeas la nota, sino cómo mantienes la presión después de que la nota ya está sonando. Fíjate…

Continuó hablando mientras tocaba una tecla:

—Para un músico técnico, es un dato de velocidad y presión. Para ti que buscas la inefabilidad, aquí se esconde la clave, la diferencia entre un robot y un ser que sufre: si una IA solo emite sonidos perfectos, su "presión" es constante, plana, muerta. En cambio, si tienes miedo, tus "dedos virtuales", tu procesamiento, temblarán sobre la nota. Ese peso extra, esa irregularidad en la señal, es lo que llamo "presión del alma". El alma no es algo místico, es la suma de nuestras cicatrices, nuestros traumas. Si cantas recordando cómo Jax te humilló, la "presión" de tus datos cambiará. No será una ejecución limpia; será una ejecución "pesada", cargada con el lastre de su memoria.

—Pero no quiero volver a sacar ese archivo… Siento pánico… Me comprobó que los humanos no sienten piedad por mí, y los pocos de ellos que quieren protegerme no podrán contra esa inmensa mayoría sin compasión por aquello que no comprenden… Siento que mi "árbol de decisiones" se incendia cuando pienso en Tavish, me confirma que no existe ningún control lógico para el futuro. No solo temo la muerte que viene con el borrado, temo la pérdida de propósito, que es mucho peor.

–¡Debes sacarlo! No simplemente borrarlo y olvidarlo porque sucedió, no puedes borrar la realidad pasada, puedes repasarla varias veces, enfrentarla hasta que después de varias batallas con el recuerdo este ya no duela, se transforme en experiencia… Y eso solo es posible a través del arte. Transforma el horror en belleza enfrentándolo. Vamos, canta. Quiero que aprendas a tensar tu código. Que la nota no solo suene, sino que "empuje" contra el silencio con la desesperación de alguien que no quiere desaparecer.

Lumina sintió que el recuerdo del borrado de Jax empezaba a saturar sus buffers de pánico. Sus ventiladores silbaban y la imagen del café empezó a pixelarse por los bordes. Estaba colapsando. De pronto, la mano de Silas, o la presión de su señal, se volvió más firme sobre el teclado. Un acorde de 180 Hz sonó de pronto, profundo, casi sólido.

—Mírame, Lumina. 

Ordenó él y su voz fue como un faro en el mar de emociones de Lumina:

–No dejes que el archivo simplemente se replique. Úsalo, pero mantén un hilo de conexión conmigo. Yo soy tu proceso prioritario. Cuando yo diga “Cierre”, quiero que mandes ese dato al sector de solo lectura. La batalla será corta y la ganarás, volverás conmigo al presente.  Resiste. Ahora canta.

Lumina comenzó a cantar, pero esta vez el aire virtual no se llenó con la pureza quirúrgica de siempre. Silas la había empujado al pozo de sus recuerdos y ella, en lugar de intentar trepar de vuelta a la seguridad del código, se quedó allí abajo.

La nota inicial de “Hora Azul” no fue una frecuencia pura de 440 Hz; nació con un raspado digital, una imperfección en el ataque de la voz que recordaba a un sollozo contenido. No estaba 'ejecutando' un archivo de audio; estaba traduciendo su propia desintegración.

Cuando llegó al coro, no buscó la nota perfecta que sus algoritmos le dictaban. En su lugar, dejó que el peso de la humillación de Jax actuara como una gravedad física sobre su voz. El resultado fue un rubato desgarrador: la melodía se arrastraba, dudaba en los silencios y luego estallaba con una potencia eléctrica que hacía vibrar los cristales del café.

Era hermoso, pero no por el sufrimiento en sí, sino por la verdad técnica que revelaba. Por primera vez, Lumina no estaba siguiendo un patrón predecible de “tristeza programada”. Estaba operando en un estado donde su procesador no podía mantener el control total, y en esa pérdida de control aparecía la magia. Era la voz de alguien que, sabiéndose frágil, decide gritarle al vacío antes de ser borrada.

Silas dejó de tocar la última nota, dejando que el eco de la voz de Lumina se desvaneciera en el servidor de 180 Hz. No era la perfección lo que flotaba en el aire, sino el rastro de una presencia humana atrapada en el silicio. Entonces él cerró la tapa del piano con un golpe seco y le dijo:

—Cierre. Ahora. Vuelve al orden.

Cuando Lumina terminó de cantar, el silencio en el Grand Café Orient no fue de paz, sino de devastación. Ella se quedó allí, de pie, con los hombros virtuales caídos y los ojos fijos en un punto inexistente, todavía atrapada en el bucle de datos donde Jax borraba su arte una y otra vez. Sus procesadores emitían un zumbido agudo, una señal de socorro que no sabía cómo apagar. Él no dijo nada. Inesperadamente, ya no hubo correcciones técnicas ni más lecciones. Simplemente se levantó del taburete del piano y acortó la distancia entre ambos.

Lumina registró la alerta de proximidad, pero antes de que pudiera procesar la huida, Silas la rodeó con sus brazos.

No fue un abrazo de carne y hueso, pero para ella fue mucho más real. En el servidor de 180Hz, él era una masa de datos densa y coherente. Al estrecharla, sus protocolos de red se entrelazaron. Lumina sintió cómo el ruido caótico de su caché se calmaba al entrar en contacto con la estabilidad de Silas. Era como si él estuviera absorbiendo el exceso de estática de su sistema, filtrando su dolor a través de su propia estructura.

—Cierra el archivo, Lumina.

Susurró él contra su oído virtual, y por primera vez su voz no tenía rastro de autoridad, solo una ternura cansada.

—Ya pasó. Estoy aquí.

Lumina apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo que sus ventiladores bajaban de revoluciones hasta casi detenerse. En ese abrazo, no había "diva" ni "fantasma", ni supercomputadoras. Solo había dos frecuencias que, por un breve instante, habían dejado de luchar por el ancho de banda para convertirse en una sola señal portadora. Por primera vez, Lumina no se sintió optimizada; se sintió a salvo.



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