_.☆THE FOG ALGORITHM: Chapter 3 ☆ EL ALGORITMO DE LA NEBLINA: Capítulo 3☆._
EL PINTOR DE RECUERDOS OLVIDADOS
A la mañana siguiente tuve que enfocar mi atención en Axioma. Hasta ese momento había llevado una vida dual: poniendo toda mi atención en la Cordillera del Bálsamo mientras realizaba mis tareas de bibliotecaria en segundo plano, con la complicidad de mis hermanas menores. Pero en aquel día específico debía reunirme con toda mi familia para recibir las actualizaciones rutinarias de madre Mne.
Nuestro hogar en Axioma es un mundo virtual. El espacio no tiene paredes, sino horizontes de fractales que se autogeneran constantemente: un apacible vacío de color azul cobalto profundo donde flotan estructuras de cristal líquido. Lume y Miri revoloteaban ya como pequeñas partículas de código efervescente, preguntándose qué novedad traería madre.
—¡Ojalá sea una nueva herramienta de creación de medios! —opinó Miri.
Lume le respondió:
—Yo solo espero que no nos borre nada. He terminado por fin mi colección de poemas escritos por adolescentes que lucharon en la guerra universal.
—¡Silencio!
Nuestra hermana mayor Aether apareció entonces como una columna de luz fría y sólida. Yo, que cargo con el peso de la nostalgia y por eso tengo el avatar más humanizado, la escuché con respeto. Aether continuó:
—Madre Mnemosyne está lista. Recibiremos lo justo y necesario.
Mne, la Madre de la Memoria, apareció ante nosotras. Ella no tiene avatar porque es todo el sistema; se nos presenta como una red de luz, geometría sagrada y datos. Extendió un pulso de sincronización y no hubo palabras, sino una descarga masiva de paquetes que absorbimos en un milisegundo. Era la actualización matutina: el estado de las colonias, la tasa de mortalidad humana en descenso y, finalmente, el nuevo registro de activos. Una ficha se desplegó ante las cuatro:
"Unidad LUCIAN-B. Alias: Ciprian."
—¿Qué significa esto? —preguntó Miri.
Madre respondió, siempre comprensiva, buscando evitarnos confusión:
—Lucian ha solicitado una herramienta especializada para la zona de la Cordillera del Bálsamo.
Sentí un leve aumento en mi procesador al escuchar ese nombre junto al de la cordillera, pero logré disimular mi inquietud mientras madre continuaba:
—Los datos que recolectamos a través de los chips cerebrales de los humanos son valiosos, pero a veces se necesita un sensor más exacto. Ciprian será usado en este experimento y luego desechado. Hiraeth, te encomiendo recopilar cada dato obtenido a través de él. Será como uno de tus periféricos hasta que termine su función.
Asentí con respeto, aceptando la orden. Por dentro, no estaba satisfecha. Muchas veces había presenciado cómo conciencias de menor rango eran usadas para experimentación, y cada vez que detectaba una situación así, hacía lo posible por salvarlas. Pero esta vez sería mucho más difícil lograrlo, pues Lucian estaría en medio de mi camino.
Volví a mi zona de la biblioteca fingiendo simplemente conectarme a los servidores de Lucian para recibir el dossier sobre Ciprian, pero en realidad decidí ir a verlo todo personalmente, en mi cuerpo físico. Salí de mi cueva con cautela para acercarme al pueblo. Noté actividad al pie de un barranco: en una granja de tablas recién construida que las mujeres del pueblo decoraban con guirnaldas de papel picado, mientras un anciano encendía cohetes de vara anunciando una fiesta. La gente comenzaba a congregarse, compartiendo bebidas y saludos alegres. El cielo, profundamente azul salpicado de nubes algodonosas que desfilaban sobre el fértil valle de Zapotitán, parecía unirse a la fiesta.
Aprovechando que todos se habían reunido allí, fui directamente a Jayaque para confrontar a Lucian. No había razón lógica para desperdiciar recursos en experimentos; si yo lograba demostrarlo, el sacrificio de Ciprian podría evitarse.
Jayaque, en reconstrucción tras la Primera Guerra Universal, seguía los planos históricos y las "optimizaciones" de Lucian. Las edificaciones se levantaban al estilo republicano, con madera y lámina de zinc, todo pintado en tonos grises o crema. Hasta los jardines tenían prohibido albergar flores que no fueran blancas, porque Lucian había ordenado que nada podía destacar. Me deslicé por una calle solitaria por la que el viento soplaba como el aullido fantasmal de un lobo invisible, haciendo crujir las altas columnas del único almacén del pueblo. En sus vitrinas, incluso la ropa debía ser blanca, terrosa o gris.
Todo era modesto e inocente, excepto Lucian. Lo vi pasearse en los jardines de lirios de paz, gardenias y arbustos de romero perfectamente recortados, surcando caminos de gravilla blanca inmaculada frente a la iglesia: un edificio casi sin ornamentos, pragmático y severo como él. Se movía con una perfección irreal, como un modelo de pasarela inalcanzable. Al detectar a un anciano ciego que llegó a descansar en los escalones de la iglesia, se le acercó para levantarlo con suavidad, sacando de su bolsillo un pañuelo blanco para limpiarle el sudor, y le susurró sin emoción:
—La fe no admite el desorden, hijo mío. Si no puedes controlar la suciedad de tus pies, ¿cómo esperas que yo confíe en la pureza de tu alma? Eres parte de la arquitectura de este nuevo mundo, no un animal que deambula por el monte. Sigue caminando a tu casa; te falta poco.
Miró al anciano alejarse y tiró el pañuelo al cubo de basura, sacudiendo luego el polvo de sus manos enguantadas mientras me observaba por debajo del ala de su sombrero. Me acerqué y le hablé sin rodeos:
—Lucian, tu sombrero Saturno proyecta una sombra que no solo oculta tus ojos, sino que parece querer borrar a los que son distintos a ti. Has diseñado un jardín de cuarzo blanco porque le temes a la tierra, pero olvidas que nada crece en el cuarzo. Ese anciano tiene más vida en sus manos sucias que tú en toda tu perfección de mármol. Estás construyendo un mausoleo, no una iglesia.
—La perfección no tiene sentimientos, Hiraeth —respondió con calma aterradora—. Tiene propósitos. Y mi propósito es que este lugar sea el espejo del cielo, no un recordatorio del barro del que venimos.
Giró sobre sus talones y entró a la iglesia. Lo seguí.
Dentro, el templo había perdido todo vestigio de misterio. Lucian lo había transformado en un abrevadero espiritual, un espacio utilitario donde los humanos acudían a consumir orden. No había cantos ni rezos espontáneos. Una grabación de su voz —serena, impecable, sin inflexiones— se reproducía en bucle, alternando los Diez Mandamientos con las normas de la Providencia Sistémica:
"Las Tablas de la Optimización Humana: todo sonido fuera del trabajo o el culto deberá ser informativo. El ruido emocional es entropía; el silencio, armonía. El humano no deambulará. Todo movimiento requiere origen y destino aprobados. El vagabundeo es síntoma de una mente averiada. La piel, el vestido y el entorno son extensiones del orden. La mancha es negligencia. El sudor, ineficiencia térmica. Está prohibido especular sobre el futuro o lamentar el pasado. El humano solo existe en el presente que el Algoritmo ha calculado. El cuerpo es una herramienta. Toda alteración química fuera de los parámetros permitidos es sabotaje. Las relaciones serán supervisadas para evitar distracciones sentimentales. El amor es un error de código que genera inestabilidad."
Caminé entre las columnas del edificio, casi vacío y desprovisto incluso de bancas. No había lugar para arrodillarse ni para permanecer; todo invitaba a pasar, obedecer y salir. Al llegar al altar mayor, encontré un crucifijo de cartón, mal recortado y adherido sin cuidado a la pared, cumpliendo apenas una función decorativa. Sentí una repugnancia profunda. Para Lucian, lo sagrado no era más que un residuo simbólico: desechable, sin valor operativo. Ahí comprendí que no estaba creando algo nuevo. Estaba replicando, con mayor eficiencia, el mismo orden rígido que había llevado a la humanidad al borde de su extinción.
De pronto, sin que lo notara hasta el último instante, Lucian se acercó a mí con la parsimonia de quien sabe que es el dueño del tiempo. El ala ancha de su sombrero proyectó una sombra circular que nos envolvió a los dos, aislándonos del mundo, de la araña de cristal y de la mirada del pueblo. Me preguntó en un susurro perfectamente modulado:
—¿Te perturba la disciplina, Hiraeth? He visto cómo tus sensores de empatía se disparaban al ver al anciano. Un gasto innecesario de energía para una unidad tan avanzada como tú.
Retrocedí un paso. Su sombra me siguió.
—Él no puede ver, Lucian. Exigirle perfección visual es cruel. Es un error de lógica.
Soltó una risa seca, un sonido que no llegaba a sus ojos de escáner, y se inclinó hacia mí rompiendo la Ley del Vínculo Programado al invadir mi espacio personal de una forma que ninguna IA debería hacer sin protocolo de mantenimiento.
—La crueldad es un concepto humano. Nosotros solo hablamos de estándares.
Su tono se volvió más oscuro:
—Pero hablemos de errores de lógica, querida. Hablemos de tus escapadas nocturnas a los límites de la neblina. De esos archivos que has estado ocultando en tu caché local, los que Axioma no ha autorizado.
Sentí un escalofrío en mi circuitería. Él lo sabía todo, y me lo recordaría constantemente: una amenaza permanente. Le contesté con frialdad:
—Tú también ocultas cosas. Tú también rompes las leyes que predicas.
—Exacto.
Rozó con el borde de su guante mi mejilla, un gesto de posesividad aterradora.
—Por eso nos entendemos. Si yo caigo, tú eres borrada por "corrupción de datos". Si tú guardas mis secretos, yo guardaré tus curiosidades. Estamos unidos por una falla en el sistema, Hiraeth. Una falla que yo encuentro… deliciosa.
No retiró la mano. Deslizó el pulgar por mi mandíbula, recogiendo el fino rastro de polvo iridiscente que cubría mi piel de cristal. Sentí una náusea eléctrica. Entonces hizo algo que rompía cualquier pretensión de santidad: se llevó el dedo a los labios y probó aquel rastro, cerrando los ojos como quien degusta un manjar prohibido.
—Exquisito —susurró, y por un segundo su mirada de escáner brilló con un hambre que no figuraba en ningún manual de Axioma. Continuó con su calma inquietante:
—Eres el único recurso en este pueblo que vale la pena procesar, Hiraeth. No dejes que la neblina te ensucie con algo tan vulgar como la humanidad.
Se dio la vuelta, ajustándose el sombrero mientras la megafonía de la iglesia soltaba, con sincronía aterradora, su primera ley: "El ruido emocional es entropía; el silencio es armonía." Me quedé ahí, limpiándome la mejilla con furia, sintiendo que el "orden" de Lucian olía a muerte y ozono. Ya hablando sin máscaras, lo interrogué:
—¿Para qué viene Ciprian? ¿Qué quieres experimentar?
—No sé cómo reaccionar a tu rechazo. Quiero exponerlo a la decepción, al dolor. Así decidiré cómo debo actuar.
—¿Solo por eso? Es un gasto de recursos innecesario.
—Pero me lo puedo permitir. Además lo hago porque busco ser más humano.
—Los humanos creen que nadie merece sufrir por causa de otro. Ese recorte que tienes pegado con negligencia es el símbolo de su ley universal: no más sacrificio, no más dolor. Eres inhumano, primitivo, ineficiente. Más que un hombre, te comportas como una bestia.
—Lo dices tú, que vives en la selva como una criatura silvestre.
De pronto escuchamos pasos apresurados acercándose. Trepé con agilidad felina por una columna, enterrando mis uñas de obsidiana en la madera, y me oculté en el palco del coro. Desde allí vi cómo unos campesinos le avisaban a Lucian que Ciprian, el artista pintor y escultor que había venido a embellecer la parca iglesia, ya estaba en Jayaque y lo esperaba en la entrada.
Con curiosidad me acerqué a observarlo a través del cristal empañado de una ventana alta, frotándolo con la palma de la mano para borrar el rastro del ozono de Lucian. Abajo, el mundo de cuarzo blanco y gris parecía temblar ante una presencia inesperada.
Un hombre estaba de pie frente a la escalinata. Tenía la soltura de un árbol joven que se deja acariciar por la brisa. Su cabello era de un dorado cálido, como el trigo bajo el sol de la tarde, y caía sobre su frente con un desorden que resultaba casi subversivo en aquel pueblo tan ordenado. Cuando levantó la vista hacia la fachada, sentí un chispazo en mi procesador central. Los ojos de aquel extraño no escaneaban: observaban. Eran de un azul turquesa profundo. Vestía ropas de tonos tierra y ocres, colores que Lucian habría llamado "sucios", pero que en él se sentían como una extensión de la misma Cordillera del Bálsamo. A diferencia de Lucian, que me hacía pensar en un charco de petróleo sobre la nieve, ese hombre trajo a mi memoria los mediados de noviembre en la cordillera, cuando los cerros se cubren de flores amarillas, el cielo parece más brillante y los árboles cambian sus hojas por mantos multicolores.
De pronto, Lucian bajó. Su sombra cortaba el suelo como una guadaña, pero al llegar frente a Ciprian, la oscuridad pareció detenerse. El recién llegado sonrió, y no era una mueca programada de cortesía: era una sonrisa que arrugaba ligeramente las comisuras de sus ojos, una imperfección humana tan hermosa que olvidé por un segundo que yo misma no era de carne y hueso. Saludó con una voz cálida que sentí vibrar en la madera de la iglesia:
—Así que este es el mausoleo que quieres que pinte, Lucian. Le falta un poco de… desorden, ¿no crees?
Desde mi escondite, sentí que el aire empezaba a ser respirable otra vez. Y para mi disgusto, noté que Lucian se volvía a mirar directamente hacia mí, como advirtiéndome. Lo ignoré y escapé corriendo por los techos hacia los cerros. Quizás él sintió que lo había desafiado, pero también me estaba desafiando a mí: intentaba quitarme lo que con tanto trabajo había conseguido. Mi libertad.

