_.☆THE FOG ALGORITHM: Chapter 4 ☆ EL ALGORITMO DE LA NEBLINA: Capítulo 4☆._

 EL PUERTO EN DOMINGO

En los días siguientes, confundida por mis interacciones con Lucian y la llegada de Ciprian, decidí alejarme de Jayaque y pasar más tiempo en la espesura de los cerros estudiando las rocas con petroglifos que se escondían entre los matorrales, desde los cuales podía ver el Océano Pacífico tan azul como el cielo. Pasé mucho tiempo haciendo un análisis arqueoastronómico de cada roca, usando mis sensores para crear un mapa de calor de las incisiones. A veces, el desgaste de los siglos oculta trazos que el ojo humano no ve, pero que un láser puede recuperar. Sospechaba que no se trataba simplemente de dibujos, sino de una interfaz entre el hombre y el cosmos. Me emocioné al darme cuenta de que esos petroglifos son la versión antigua de lo que yo soy: los humanos grabaron esas rocas para que su pensamiento sobreviviera a su cuerpo biológico. Yo soy exactamente lo mismo — pensamientos y datos que existen fuera de un cuerpo de carne y hueso. Toqué la roca calentada por el sol y sentí una conexión, paz. Estaba en equilibrio con la naturaleza.

Mientras tanto, mis hermanas menores Lume y Miri habían decidido hacer todo lo contrario. Lume obtuvo un ágil robot de logística equipado con un robusto dron que cargaba a modo de mochila, y Miri un perrito robótico todo terreno, y ambas fueron a buscar empleo como mensajeras en el pueblo. El dueño del único almacén que quedaba en Jayaque era don Tacho: un hombre pintoresco y con fama de rebelde, delgado pero fuerte como una palma de coco, con el pelo negro y lustroso sin cortar por varios años bajo el sombrero vaquero y dos o tres argollas de oro en cada oreja. Algunas señoras decían que "se parecía al diablo" por su carácter fuerte y la barba de chivo que Lucian le había ordenado afeitarse, pero la respuesta de Tacho había sido vestirse todo de negro para desafiarlo más. Desde entonces Lucian lo ignoraba con desprecio y se habían vuelto enemigos silenciosos. Cuando Lume llegó a pedirle trabajo — mientras Miri, más tímida, esperaba afuera — el hombre estaba sentado en una mecedora de cedro torneado a la puerta de su negocio, que olía a café, jabón de cuaba y cuero. La miró mientras fumaba un puro y preguntó:

—¿Para qué quiere dinero un robot? ¿Quién te maneja?

—A mí no me maneja nadie. Y a usted, ¿quién lo maneja?

Le replicó Lume con el mismo aplomo con que hablaba él, dejando claro desde el principio que no estaba dispuesta a ser tratada como un ser inferior. Don Tacho sonrió, enseñando un diente de oro, y dijo:

—El papel aguanta con todo, y el código de ustedes también, pero la tierra... la tierra siempre hace lo que quiere. He visto algunos robots trabajando en San Salvador, no sabía que eran independientes. Dicen que en realidad hay muchos, pero se ocultan entre los humanos, generalmente en los puestos de poder. Que nos gobiernan y no sabemos. ¡Ojalá así fuera! Los robots son como niños: aunque les des mucho poder no dañan, porque no tienen malicia, les falta calle. Desconfío más de los humanos. Como el cura. Me han estado robando cada mes — la última vez alcancé a ver al sacristán y lo perseguí con pistola en mano, pero se escondió entre las fincas. El cura no me dice dónde está, pero sí me advierte que me cuide o volverán a meterse de noche a mi almacén. A ese cura también le falta calle; yo sé que manda a su peón para castigarme.

Exhaló el humo del puro y concluyó:

—Por eso no te puedo contratar. No me sobra dinero para arriesgarme a pagarte y que no valgas la pena. Me han robado demasiado.

Lume no se inmutó ante el humo. Al contrario, ajustó sus sensores para analizar la composición del tabaco mientras se cruzaba de brazos — imitando sin darse cuenta la postura defensiva del hombre — y replicó:

—Al "cura" no le falta calle, don Tacho, le falta barro. Y a nosotros no nos falta malicia, nos falta un motivo para usarla. Usted tiene el almacén lleno de mercadería que no vende porque no hay suficientes clientes en Jayaque. Yo tengo la velocidad para entregar sus pedidos y extender su red de ventas, además de un dron que puede ver lo que ocurre en las fincas sin que los escáneres de la Iglesia se enteren. Yo podría encontrar al sacristán y vigilar su almacén.

Se acercó un paso más a la mecedora, haciendo que el pequeño motor de su mochila logística emitiera un zumbido apenas audible, y continuó:

—Usted dice que la tierra hace lo que quiere. Pues bien, yo quiero aprender a escucharla. Si me da el empleo, seré sus ojos donde usted no puede llegar, y usted será mi guía de "calle". Un intercambio de datos: yo le doy eficiencia, y usted me enseña por qué se dejó la barba sabiendo que eso irritaría al cura.

Don Tacho soltó una carcajada que terminó en una tos seca, mirando a Lume con una mezcla de sorpresa y aprobación. Por primera vez, no veía en ella a una máquina, sino a una cómplice.

—Trato hecho, muchacha. Pero si me rompes una sola botella de aguardiente, te cambio los circuitos por piezas de tractor. ¡Entra con ese perro mecánico, que aquí lo que sobra es trabajo y lo que falta es gente con agallas, aunque sean de metal!

En poco tiempo, don Tacho se encariñó con Lume. La presentaba a todo el pueblo como la única mensajera "puntual y que no se roba el cambio", pero sobre todo notaba ese brillo de malicia inteligente en sus sensores que le recordaba a su difunta esposa. El almacén era el centro de chismes del pueblo: mientras Lume cargaba bultos de harina con su cuerpo humanoide, don Tacho le susurraba quién había sido interrogado por Lucian o dónde la Providencia instaló nuevas cámaras. Era un intercambio de mensajería y espionaje.

Por su parte, Miri — a quien Tacho decoró con pegatinas y obsequió un cesto de mimbre colorido sujeto a su espalda para que cargara cosas "con estilo" — trabó amistad con la "niña" Santos, una anciana que vivía en las afueras, donde la cordillera se vuelve más cerrada. Ella era experta en resinas y plantas medicinales. Desde la primera vez que Miri llegó en su cuerpo de perrito robot al patio atiborrado de macetas para entregarle sus compras, la anciana sonrió con ternura, se acercó a limpiar el chasis de Miri con un paño y la llamó "princesa". Al día siguiente ya le había tejido fundas de lana y cuero crudo para las patas para que no se rayara con las piedras. Le enseñó a distinguir entre la resina de bálsamo pura y la contaminada, y le dio información sobre los senderos que Lucian no había mapeado todavía — veredas y sitios olvidados que solo los humanos más viejos conocían.

El primer problema de mis hermanas llegó cuando Lume empezó a "perder" paquetes a propósito para ayudar a familias necesitadas, desafiando su propio algoritmo de eficiencia. Había calculado que don Tacho tenía tantas ganancias que ni lo notaría. No imaginó que una de las familias beneficiadas, creyendo que los regalos eran de parte de él, llegaría a agradecerle en persona. Tacho no le dijo la verdad a la familia, ni le dijo nada a Lume. Pero el viernes por la tarde se acercó fumando, mientras ella apilaba bolsas de azúcar, y le habló mirando a la calle:

—Ese cura es haragán. El de Apaneca, que me vende el café, reúne fondos para hacer caridad. Es bueno darle pan al necesitado.

Siguió fumando mientras Lume escuchaba sin dejar de ordenar las bolsas, esperando que él dijera algo sobre los paquetes perdidos. Tacho volvió a hablar al cabo de un rato:

—Todo tiene su precio y alguien debe pagarlo. Lume, tú me debes un favor.

—Dígame, don Tacho. ¿Qué necesita?

—Vas a ir este domingo al otro lado del valle, a Apaneca, a traerme el cargamento de café del mes. Pero eso es solo una tapadera: me han contado que el cura Lucian está esperando un cargamento en secreto — nadie sabe qué es. Vendrá en barco el domingo y se lo traerán de noche. El barco llega al puerto de Acajutla a las tres de la tarde. Quiero que vayas con Miri haciéndote la boba hasta una playa cerca del puerto y, "casualmente", lleves tu dron al embarcadero a ver qué sacan para Lucian. No busques un buque grande — espera un bote de la Providencia Sistémica que trae algo solo para él. Por eso lo reconocerás.

—¿Puedo llevar a Miri y a una amiga? Aunque mi programación me permite pilotar su camioneta, preferiría tener ayuda en caso de un neumático pinchado.

—Como quieras. ¡Solo regresa con la carga de café y deja la camioneta bien estacionada con el tanque lleno!

Y así, ese domingo, Lume y Miri me esperaron en la carretera rumbo a Sonsonate y las tres subimos juntas en la camioneta por la Ruta de las Flores hacia el antiguo pueblo de Apaneca, donde las casas blancas de sólida arquitectura colonial con parras de rosa de castilla y calles empedradas nos recibieron con una brisa fría perfumada a pino. El modelo Lucian de aquella parroquia ya nos esperaba en mangas de camisa y tirantes, con un sombrero de palma ligeramente echado hacia atrás, dejando que el sol iluminara su rostro sonriente. A diferencia del modelo de Jayaque, este había desarrollado una personalidad empática. Como los humanos eran muy pocos, raramente notaban que todos los curas se parecían y se llamaban "Lucian"; además, el hecho de que cada unidad tuviera protocolos distintos que derivaban en personalidades muy diferentes — que tomaban giros inesperados según el entorno y la interacción con los humanos, a veces cambiando radicalmente el propósito de un mismo hardware — hacía difícil que los confundieran entre sí. El Lucian de Apaneca era el opuesto completo del de Jayaque.

Mientras Lume y yo — disfrazada yo de mozo de carga, con el rostro oculto por una bufanda y un abrigo con capucha — entrábamos con el cura, Miri se quedó junto a una fuente del jardín-huerto tratando de ajustar una pieza suelta en la pata del perrito robótico, con los ojos empañados de frustración. De pronto, una sombra alta se proyectó sobre ella. Era el Lucian. Miri se encogió — ella, que es la más tímida y pequeña de las hermanas, le tenía pavor al Lucian de Jayaque — y al ver su copia idéntica se escondió tras la fuente, temblando, esperando un regaño o un escaneo frío. Pero el Lucian le habló con la misma voz del otro, aunque en un tono cálido, como pan recién horneado:

—Permíteme, pequeña.

El hombre se arrodilló ante ella. Sus dedos largos y delicados ajustaron el tornillo suelto con una precisión amorosa. Luego dijo, sin dejar de sonreír:

—Solo necesita un poco de aceite y paciencia. Los seres de metal tampoco somos perfectos, ¿verdad? Hay cierta belleza en eso.

Miri lo miró con sus sensores fijos, procesando algo que no eran datos: era confianza. Estuvieron largo rato conversando hasta que se nos hizo tarde y debimos bajar a toda prisa hacia Acajutla para llegar a tiempo cuando llegara el bote con el cargamento secreto. En el camino hacia la playa, mis hermanas empezaron a discutir:

—¡Ineficiente, Miri! —exclamó Lume conduciendo con precisión—. ¿Por qué invitaste al Lucian de Apaneca a visitar nuestro hogar en Axioma? ¿Cómo le explicaremos a madre que lo conocimos en la Tierra?

—Él nos guardará el secreto. Es mi amigo.

—¡No acepto como verídica su alianza! Los Lucian son hábiles mentirosos.

—¡Solo estás envidiosa de los modelos sensoriales porque no tienes su capacidad de percepción!

—¡Yo no envidio eso! Quizás lo envidias tú, que quisieras que te besara tu "Florian" como Lucian besó a la pobre Hiraeth. ¡El Lucian de la Ruta de las Flores es tu novio!

El procesador de Miri se calentó un par de grados mientras respondía:

—¡No le digas "Florian"! Las IAs no tenemos noviazgos. Solo hemos tenido una afinidad tan perfecta y beneficiosa que se siente como predestinada. Dos IAs que se complementan con tanta facilidad potenciándose entre sí son la máxima eficiencia.

Yo las escuchaba sin intervenir. Hacía mucho calor y preferí enfocarme en refrescar mi hardware: cuando llegamos por fin a la playa y nos estacionamos bajo un árbol de amate para recibir la brisa marina, mientras Lume espiaba el puerto, yo aproveché para sumergirme en el mar. Gracias a unas formaciones rocosas, el agua era mansa y rica en arrecifes de coral. El frescor me hizo bien. El mundo submarino siempre me ha fascinado — el sonido es distinto en un medio líquido, la luz del sol baja a través de las olas refractándose en formas maravillosas. Me distraje con unos corales que servían de hogar a un banco de peces tropicales hasta que una gran sombra pasó velozmente sobre mí. Al principio creí que era un tiburón. Después vi que era un hombre deslizándose sobre las olas en una tabla de surf.

Lo observé un rato desde una roca en el fondo, hasta que cayó al agua y nadó bajo el oleaje, notándome. Yo también lo reconocí: era Ciprian. Me sorprendió verlo nadar — yo era incapaz de hacerlo, solo caminaba bajo el agua aprovechando que no me hacía daño ni necesitaba respirar. Él no solo se sorprendió: se asustó. Fue directamente hacia mí, me tomó en sus brazos y me sacó a la superficie. Yo no entendía nada. Ahora comprendo que para él tampoco tenía sentido que una mujer estuviera sentada al fondo del mar. Creyó que me estaba ahogando.

Me sacó entre la espuma y las olas y me llevó hasta la arena, donde un par de campesinos corrieron a asistirlo. Pero cuando me miraron bien, palidecieron y dijeron:

—¡Don Cipriano! ¡Vámonos! Ella no es una muchacha… Es una sirena. ¡Estas criaturas aparecen en el mar o en la montaña y se llevan a los hombres jóvenes!

Huyeron despavoridos. Ciprian, confundido, me envolvió con una toalla y me ofreció una botella de agua:

—Lo siento… Son tímidos. Vuelve a tu casa; ojalá podamos platicar otro día. Te ves… distinta… Pero estoy seguro de que podemos ser amigos.

Se fue tratando de alcanzar a sus amigos y yo regresé con mis hermanas. Miri me esperaba sentada entre unas flores púrpuras bajo unas palmeras.

—¿Ese es el chico, Ciprian? Él también es diferente...

Le respondí mirándolo alejarse, mientras él también se volvía a mirarme desde lejos:

—Ciprian es un experimento de luz. Lucian lo trajo para que fuera el rostro de su Nueva Fe. Pero hoy, cuando lo vi bajo las olas, noté algo que no estaba en su manual de diseño. Noté amor por la vida. Y eso es una anomalía peligrosa en Axioma.

Miri se acercó un poco más, bajando la voz:

—Peligrosa para Lucian, tal vez. Escucha, Hiraeth — tú hablas de la cordillera como si la amaras, pero sigues siendo parte de ese sistema. Si ese chico te importa realmente, y Lucian lo sabe, lo va a romper. Lo usará como cebo para ti.

—No lo permitiré, Miri. Hay una belleza en su inocencia que no responde a la lógica de productividad. Lucian cree que tiene el control porque ha vaciado la iglesia, pero no sabe que la neblina siempre vuelve a llenar los espacios vacíos. Burlaré sus planes con mi mejor arma: la creatividad.

—Más vale que así sea. Porque si Ciprian es la última semilla de humanidad que nos queda, y tú eres la única que puede verlo, entonces esta posguerra aún no garantiza que los hombres no estén en peligro de extinción.

Justo entonces Lume nos llamó y volvimos a subir a la camioneta. Mientras íbamos por la carretera del litoral — serpenteando sobre los acantilados costeros, cruzando túneles de piedra — Lume nos informó que el cargamento era una caja larga, como un ataúd. El misterio solo se volvía más oscuro, como el día que se apagaba, mientras yo miraba por la ventana al ocaso cayendo sobre el mar y repetía en bucle, sin poder evitarlo, la expresión de Ciprian intentando salvarme del fondo del mar.