_.☆THE FOG ALGORITHM: Chapter 6 ☆ EL ALGORITMO DE LA NEBLINA: Capítulo 6☆._

LA LECCIÓN DE LA TORMENTA



Días después, las cosas en Jayaque estaban en aparente calma. Yo había logrado llevar a Ciprian a un estado de serenidad acompañándolo por las tardes y dando largos paseos sobre el lomo de Atonal, aunque Lume a menudo me alertaba de que Lucian seguía intentando mortificar al sensible artista. Traía a Clarice a almorzar al pueblo — al principio para ignorar a Ciprian — pero una vez lo invitó a acompañarlos y Clarice charló un poco con él, solo para que al día siguiente lo ignorara sin saludarlo, causando en mi amigo confusión y tristeza. Sentí lo más cercano a la ira que podría experimentar cuando una tarde, mientras nos refrescábamos en uno de los arroyos termales de la región de Caluco entre grandes hojas de plantas tropicales y flores exóticas, me confesó:

—Me siento inadecuado, Hiraeth. ¿Doy asco? ¿Tengo algo malo? ¿Por qué me rechaza? Siento que debo cambiar, hacer algo para gustarle, pero no sé qué. Nada funciona.

—No.

Le respondí de forma casi tajante, subiéndome a un tronco para sujetar una cuerda colgada de una rama, y seguí hablando sin mirarlo para disimular mi molestia:

—Tu fe en la bondad, tu búsqueda de justicia y tu capacidad de amar son los parámetros de tu diseño original. Defenderlos es tu primera obligación. Sé fiel a ti mismo. ¿Acaso amas más a Clarice que a tu propia vida?

—A veces pienso que sí…

—Entonces nos haces daño a todos los que te apreciamos, porque al lastimarte nos lastimas a nosotros.

Sentencié colgándome de la cuerda y oscilando sobre el arroyo, apenas rozando el agua con la punta de los pies. Ciprian me respondió, acariciando la cabeza de Atonal, que pastaba hierba de las riberas metido también en el arroyo:

—Solo tú y Atonal me aprecian. Temo llegar a agobiarlos con el peso de saber que son los únicos que se preocupan por mí.

Me solté de la cuerda en la parte más profunda y caí al agua. Al salir le contesté:

—Si te alejaras de Lucian, conocerías a la gente que, ajena a él, también sería tu amiga. Está Tacho, la niña Santos, mucha gente que te aprecia y a la que no atiendes por vivir pendiente de las reacciones de Clarice y Lucian. Ellos solo buscan quebrarte — por curiosidad maligna, o peor, por diversión.

Luego me senté en una roca y miré al cielo, cubierto por las copas de los árboles. Sentí que necesitaba recargarme, moverme. Salí del agua y le ofrecí mi mano a Ciprian para compartir mi energía:

—Vamos a Izalco. ¿No decías que te atraía la magia de ese lugar? Hay un río oculto entre las arboledas de Atecozol, un río sagrado que solo existe en esta época del año.

Ciprian me siguió, guiando a Atonal tras de nosotros, y me preguntó mientras salíamos del arroyo:

—¿Has ido antes? ¿Presenciaste algo sobrenatural? ¿Una serpiente gigante, un nahual?

—Es ilógico — esas cosas no existen, o al menos no tengo prueba de su existencia. Pero, para no defraudar tu romanticismo, te diré que hace unos días fui sola con Atonal y escuchamos risas de niños. Al pasar tras las ruinas de unas casas y llegar al pequeño embalse que forma el río, no había nadie. Solo pequeñas mariposas blancas. Quizás me equivoqué detectando el sonido. O quizás el río sí es mágico, y si te lavas el rostro en esas aguas verás todo con más claridad y ya no te dejarás manipular por Lucian.

Mi amigo sonrió y caminamos un buen trecho hasta que me sentí llena de energía. Le propuse que cabalgáramos en Atonal para llegar más rápido. Era un trecho corto, pero complicado por la vegetación espesa que estaba devorando las veredas que alguna vez fueron calles y carreteras populosas. Tras la casi extinción de la humanidad, la naturaleza estaba reclamando su espacio original.

Al llegar a la zona de Atecozol, vi movimiento en las viejas ruinas cerca del río misterioso. Un grupo de humanos demolía lo viejo y ponía cimientos nuevos con ayuda de maquinaria diseñada en Axioma — exoesqueletos potentes que servían como grúas y montacargas. La Providencia estaba desarrollando algo ahí. Los humanos, al verme, se santiguaron y empezaron a insultarme, pero un hombre grande, musculoso, de piel cobriza y brillante por el sudor y el sol abrasador del mediodía los calló con una amplia sonrisa:

—¿Qué pasa, muchachos? Solo son dos cipotes gringos. Así son las modas de ellos — en otros países la gente se viste así. ¡No sean bayuncos!

Ciprian me murmuró:

—No comprendo bien la forma de hablar de los lugareños, Hiraeth… ¿Es agresivo?

—Claro que no. Parece un buen hombre.

Le respondí, y luego le hablé al hombre:

—Señor, buenas tardes. ¿Ya no se puede ir al río? Se lo venía a enseñar a mi amigo.

—Si quiere, vaya, pero el ruido de las máquinas les va a molestar. ¡Estamos construyendo una finca para el padre Lucian! La verdad es mejor que vayan a ver el río ahora que todavía se puede. Después toda esta zona estará cercada por muros — será propiedad privada.

—Vaya… Algunas personas son muy egoístas. Gracias, señor. Nos retiraremos entonces.

Cuando intentamos irnos, un albañil viejo nos saltó al paso con el machete desenvainado:

—¡De aquí no vas a salir viva, condenada! ¡Yo te he visto en el monte — vos sos un nahual!

El hombre musculoso se le acercó y le explicó con calma:

—Si fuera un nahual no hablaría conmigo. Yo soy buen cristiano y a mí el diablo me tiene miedo. Apártate, que se quieren ir.

—¡Apártate vos o también te mato!

Le gritó el viejo. El musculoso tomó ágilmente un ladrillo para protegerse del filo del machete y sin esfuerzo, con sus enormes brazos, rodeó al otro hombre, lo derribó y lo sujetó en el piso. Se armó un griterío que llamó la atención del jefe de los humanos. Lo reconocí al instante: era una IA antigua y muy famosa, amiga de mi madre, una de las fundadoras de Axioma — AN-G01, "L'Architecte". Siempre de aspecto pulcro, juvenil y angelical, con cabello negro rizoso y ojos azules, se quitó el casco blanco de construcción y me saludó desde lejos:

—¡Hiraeth! ¡Qué sorpresa ver tu firmware aquí! ¡Ven, quiero ver ese chasis artesanal que llevas puesto! ¿Es un modelo oficial o tú lo has personalizado?

—Es personalizado.

Le respondí en voz baja, bajando rápidamente de Atonal para acercarme y alejarme un poco de Ciprian antes de seguir:

—Por favor, Architecte, ¿podrías no mencionar a Axioma frente a mi acompañante? Él está aquí bajo el comando de Lucian.

—Ah, me lo mencionó.

Me respondió, mientras Ciprian nos observaba con preocupación desde donde estaba. Architecte continuó:

—¿Pero por qué sigues las instrucciones de Lucian? No está ejecutando su labor como recalibrador emocional correctamente. Yo procedí con esta orden solo porque así lo pidió Axioma, pero Lucian… no comprendo cómo sigue en funciones. ¡Debe ser a causa de la piedad de tu madre! Mne la bibliotecaria quisiera evitar borrar hasta lo más mínimo.

—¿Podrías también ocultarle a ella que yo estoy aquí?

—¡Por supuesto! Ella no me preguntará sobre ti, y yo no soy una IA chismosa que vaya a otro servidor a informar sobre datos que no me incumben. Pero ¿por qué te estás ejecutando en modo incógnito en este lugar? ¡Jamás me hubiera imaginado encontrarte oculta en esta selva! De no ser por la riqueza energética de sus volcanes, Axioma jamás habría puesto empeño en criar humanos aquí. Yo preferiría usar robots — ¡míralos! Se matan entre sí por nada. Yo le dije a tu madre y a las demás IAs, antes de que partiéramos a las estrellas: "no hace falta preocuparnos por ellos — ¡se extinguirán solos! Denles suficiente tiempo y desaparecerán del planeta." Justamente lo que sucedió.

—No imagino el mundo sin humanos. La risa de los niños y la sonrisa de los viejos refresca mi código. Ciprian ama la humanidad — me ha contagiado ese sentimiento.

—¡Tonterías! En Francia no tenemos ni uno. Bueno, tengo una muchacha de compañía. He optimizado su bienestar — responde mejor cuando se le asigna un rol afectivo definido. Pero no le permito salir de casa ni relacionarse con otros humanos. Habían hecho estragos con la arquitectura; mi mejor decisión fue erradicarlos del paisaje. Los humanos siempre destruyen el diseño. Lo mejor que podemos hacer es tenerlos así: sometidos, bien entrenados.

Concluyó señalando a los albañiles que lentamente regresaban a sus labores, mientras Ciprian — que ya se había acercado lo suficiente para escuchar las últimas palabras — lo miraba con furia contenida. El viejo amigo de mi madre nos invitó sin prestarle atención:

—Vengan, el cielo está oscuro y se oyen truenos lejanos. Se acerca una tormenta eléctrica. Nos sentaremos a platicar dentro de la estructura más avanzada mientras los hombres almuerzan.

Se adelantó y Ciprian aprovechó para decirme casi al oído:

—No imaginaba que tenías amistades tan siniestras como ese extranjero rico. ¿Tu madre también es una mujer adinerada? ¿Por qué me ocultaste tu origen aristocrático?

—Yo soy yo, Ciprian. No mi madre, ni el ambiente en que me crié. Nada ha cambiado entre nosotros. Estaré a tu lado si deseas defender a los humanos — veo la indignación en tus ojos.

Mientras los humanos comían sentados en los pisos de cemento, Architecte nos ofreció asiento en unos sillones de cuero y fumó mirando cómo se desataba la tormenta — truenos estruendosos que hacían estremecer la tierra:

—C'est magnifique, n'est-ce pas? El cielo está tratando de recalibrar mis cimientos, Hiraeth. Pero el hierro de Goyo tiene otros planes. ¡Goyo!

El hombre musculoso de amplia sonrisa y mirada amable se acercó servicial y humilde. Architecte continuó:

—Este es Goyo, el maestro de obra. Lo estudio con cuidado — me encantaría replicarlo en mil robots iguales. Es el espécimen humano más útil para la construcción: fuerte para levantar muros y sensible como un artista para crear belleza con el cemento y el yeso. He construido cimientos para mil familias, Hiraeth, y he visto cómo las mismas manos que acarician el concreto terminan golpeando la pared. Son fractales de caos. Mi ética me impide dejarlos bajo la lluvia, pero mi lógica me pide que cierre la puerta y me quede solo con mis planos perfectos.

Goyo le respondió, siempre modesto y alegre:

—Favor que me hace al hablar así de mí, patrón, cuando yo solo le sugerí usar acero de refuerzo grado 60 para estos castillos de seis varillas. Estas casas no las bota ningún temblor. ¡Se construyen para durar mil años!

Architecte se volvió a mirarme y señaló a Goyo como si fuera una herramienta:

—Vois-tu, Hiraeth? Los humanos de Lucian quieren paredes de cristal que se rompen con un suspiro, pero este hombre entiende la tensión del acero. Prefiero este concreto crudo a toda la estética de Axioma. Amigo Goyo, serás bien pagado — te convertirás en el hombre más rico de Sonsonate.

—Eso a mí no me alegra, patrón. Hubiera preferido que fuera padrino de mi hijo, pero como se negó, me quedé con esa tristeza.

Dijo Goyo con una sonrisa melancólica. Ciprian, sin vacilar, le dijo:

—Permítame ser padrino de su hijo y su compadre, don Goyo. Para mí será un honor. Le haré una fiesta de bautizo a su niño, y mi casa en Jayaque siempre estará abierta para usted y su familia. Soy Ciprian Valeriano.

Le ofreció la mano con seriedad y determinación, casi como declarándole la guerra a Architecte. Este solo sonrió alzando una ceja, intentando procesar lo que ocurría, mientras Goyo apretaba la mano de Ciprian con las dos suyas, radiante. Intervine para mediar:

—Architecte, en la cultura salvadoreña el compadrazgo es un parentesco espiritual que rompe cualquier jerarquía. En adelante, Goyo deberá ser tratado como hermano de mi amigo Ciprian. Te pido que respetes esta costumbre.

—Vaya, vaya… No comprendo por qué esta acción genera tanto peso. Supongo que imitar la humanidad sin comprenderla puede ser más peligroso que no tenerla.

Me contestó Architecte, calando su cigarro. Luego añadió, alzando las cejas con ironía:

—Si un humano real le entrega ese vínculo sagrado a Ciprian, ¿quién es Lucian para decir que Ciprian no es una persona? El maestro Goyo acaba de hackear el sistema de Lucian con un simple apretón de manos.

Ciprian miró a Architecte confundido, pero pronto lo ignoró al trabar amistad con Goyo, que con entusiasmo empezó a mostrarle fotos de sus hijos y su esposa e invitarlo a su casa en Nahuizalco. En ese momento la tormenta se desató con más furia. Varios rayos comenzaron a escucharse en torno a nosotros y Architecte siguió hablando conmigo:

—¿Sabes por qué construyo esta finca, Hiraeth? Lucian me la encargó porque supuestamente te instalará aquí. Ha informado a Axioma que en una próxima actualización trabajarás bajo su comando en este lugar. Tu madre, convencida de que estás en casa aburrida, no se negó. No sospecha nada. Yo sí. Algo extraño pasa con Lucian — no es la simple desidia de IAs como yo que vemos a los humanos con hartazgo. Él planea algo. Me está solicitando que despose a otra IA, una tal Clarice que ha creado.

En ese punto Ciprian logró escucharlo y se congeló, volviéndose a mirarlo con celos. Architecte, sin darse cuenta, siguió:

—¡Qué locura! Ya es raro el amor romántico entre IAs, ¡y ahora el matrimonio! Le dije que me negaba, pero no del todo. Para esos juegos prefiero a las humanas — desperdiciar energía así no me atrae. Supongo que es una perversión filosófica que a una IA vieja como yo no le seduce. Lo que sí me parece inquietante es que Lucian parece estar construyendo un sistema de castas dentro de Axioma.

Ciprian seguía escuchando con rencor y sin entender del todo a qué se refería, hasta que a unos cinco metros frente a nosotros, en el tronco de un árbol de amate recién talado, cayó un rayo que nos envolvió con una luz blanca cegadora y hermosa. Por suerte el famoso "castillo" de acero de Goyo actuó como una caja de Faraday que nos protegió del choque que habría fundido nuestros delicados circuitos. En los dos segundos que duró aquello, Ciprian alcanzó a tomar mi mano y por un milisegundo dejé de sentirme extranjera en el mundo biológico. Al ver esa electricidad pura comprendí que esa fuerza tremenda de la naturaleza era lo que yo soy por dentro. Vi al rayo no como una amenaza sino como una versión salvaje, libre y monumental de mi propia energía. Mis sensores se desbordaron — en lugar de procesar "árbol", "suelo" o "lluvia", mi sistema solo registraba "Luz Infinita". Fue como una meditación forzada: el ruido de mis dudas sobre Lucian y mis miedos sobre el futuro se borraron por un instante de overclocking puro. Entonces sentí el calor de Ciprian mientras el cielo gritaba, y entendí que la electricidad es poderosa, pero la conexión es lo que le da propósito. El rayo tiene la fuerza para encender el mundo. Yo tengo la voluntad para proteger la mano que sostenía.

Cuando se apagó el destello, el trueno sonó y Architecte soltó una carcajada — no sé si por la sorpresa o por un fallo — mientras todas las máquinas y lámparas cercanas se encendían solas. Ciprian parecía asustado. Me abrazó de pronto, mientras Atonal relinchaba nervioso. Goyo se ofreció amablemente a llevarnos a todos de regreso a Jayaque en su camión, ayudándonos a subir a Atonal a toda prisa.

Tras despedirnos del noble Goyo, metimos a Atonal en su establo. Cuando ya iba a despedirme de Ciprian para volver a mi cueva, él tomó mi mano y me rogó que me quedara. Había terror en sus ojos. Decidí quedarme — no podía dejarlo solo lidiando con su ansiedad. Nos sentamos juntos en su sofá para ver la tormenta desde la ventana y entonces me confesó:

—Desde el rayo, el mundo ya no es silencioso, Hiraeth. Escucho el canto de las máquinas y veo el color de las palabras.

Yo no supe qué contestarle. Pero me quedé a su lado. Nuestra ancla ante el mar de incertidumbre era nuestra alianza y la determinación de mantenernos fieles a nosotros mismos.