_.☆THE FOG ALGORITHM: Chapter 5 ☆ EL ALGORITMO DE LA NEBLINA: Capítulo 5☆._

LA TRAMPA DE HIELO Y ENCAJES



Dos días después, Lume estaba en el almacén de don Tacho cuando él le ofreció un poco de aceite de motor viejo pero de buena calidad, como quien le ofrece un cafecito a un amigo. Lume, con su cinismo habitual, respondió:

—No necesito sobornos, Tacho, pero mi articulación izquierda admite que este grado de viscosidad es aceptable.

Estaban los dos charlando ante el almacén cuando vieron a Lucian salir de la iglesia acompañado por una mujer extremadamente bella, pálida, alta y de cabello muy negro, muy parecida a él. Subieron al auto autónomo de Lucian y partieron, mientras Tacho murmuraba:

—Por un carajo… ¿Será posible…?

—Si estás pensando que ella era el cargamento, estás en lo correcto. Son como yo.

Pronto Lume me compartió el hallazgo y yo, con curiosidad, me escurrí sobre los techos del pueblo hasta esconderme entre las ramas de una gran ceiba para observar los movimientos cerca de la iglesia. Para mi sorpresa, esa tarde Ciprian convocó a los niños de la escuela. Preparó pintura de dedos y desató una explosión de color sobre el blanco muro que rodeaba un flanco de la iglesia de Lucian. Aplicaba la teoría del color con respeto y maestría, añadiendo detalles estratégicos en cada garabato de los chicos, transformando el caos infantil en una obra que respiraba. Para él era un acto de amor al pueblo; para mí era su canto de cisne sin que lo supiera. Quise poder raptarlo, llevarlo lejos a un lugar seguro. Casi juraría que en ese momento tuve una intuición — ese presentimiento que supuestamente solo los humanos pueden sentir.

Entonces volvió Lucian con la misteriosa dama. Ella bajó del auto para mirar el trabajo de los niños, estuvo largo rato observando sin mostrar emoción alguna mientras Ciprian la miraba embelesado. Después se alejó en silencio hacia la casa parroquial y él la vio irse llevándose una mano al corazón. Yo bajé de un salto de la ceiba y al caer en un tejado me topé con Lucian, que me dijo con frialdad:

—Qué oportuno que hayas estado aquí espiando, Hiraeth. El destino de Ciprian es su sacrificio. Existe para que su alma se rompa cuando Clarice, mi versión femenina, lo rechace. Un sistema que no puede procesar el desamor se autoelimina. Será su última y más bella obra: su propia destrucción. A partir del estudio de su tragedia, yo aprenderé a sobrevivir — y a vencerte.

—Eres un error. Inhumano como hombre e ineficiente como máquina.

Le respondí y me alejé corriendo. Pero al anochecer volví para mirar a Ciprian desde lejos, bajo la luz de la luna que hacía brillar el mural recién pintado. Él se quedó ahí hasta tarde, quizás con la esperanza de ver otra vez a Clarice, y no se marchó a su casa hasta que el auto de Lucian salió de la casa parroquial con rumbo desconocido. Yo ya no era solo una observadora. Tenía un propósito. No iba a permitir que Lucian convirtiera la belleza en un despojo. "Él no va a morir" fue mi último pensamiento antes de volver a mi cueva.

Desde entonces comencé a vigilar a Ciprian. Él pasaba las mañanas remodelando la iglesia, pintando murales y supervisando el tallado de las nuevas imágenes religiosas. Por las tardes enseñaba arte a los niños del pueblo y merodeaba los alrededores de la casa parroquial con la esperanza de ver de nuevo a Clarice. Parecía estar enamorado sin ninguna razón lógica — un caso grave de amor a primera vista — y languidecía al pasar los días sin que ella apareciera. Lucian solo le había dicho que era su hermana y que no hiciera más preguntas; por supuesto le ocultaba información a propósito para aumentar su tormento.

Yo hacía lo posible para que su pasión no lo consumiera. A escondidas me metía en su casa de tablas de madera y le dejaba notas anónimas con información que obtenía de Lume sobre los planes de Lucian. También le pedí a Miri que me trajera arbustos de Bonellia macrocarpa y Murraya paniculata que sembré en torno a su casa para mantenerla perfumada y que su descanso fuera óptimo. Las medidas parecían dar resultado: pese a la ausencia de Clarice y los constantes regaños de Lucian, Ciprian estaba melancólico pero prevenido, y conservaba fuerzas para sonreírle a la gente del pueblo. Seguía dirigiendo los trabajos de la iglesia con energía y hasta empezó a salir por las tardes con su caballete para pintar el ocaso sobre el valle en los prados de hierba dorada frente a su casa, justo a la hora en que comenzaba a bajar la neblina.

Aprovechando que cerca del punto donde él pintaba había unas rocas y un árbol de guayaba retorcido, comencé a esconderme entre sus ramas para verlo trabajar. Él ponía su caballete cada vez más cerca de donde yo estaba oculta, pero como no me notaba, seguí quedándome ahí para verlo dar vida a los celajes sobre el volcán o mezclar colores en su paleta. Me parecía fascinante. Hasta que una tarde, sin dejar de pintar y con la mirada fija en su lienzo, habló de pronto:

—¿Quién eres? Quisiera darte las gracias por todo lo que haces por mí.

Me quedé confundida un segundo. Miré a nuestro alrededor y él habló de nuevo, ahora mirándome directamente:

—Eres la misma chica que estaba sentada en el fondo del mar, ¿verdad? Háblame de ti. Yo sé que no eres realmente una sirena — no es lógico.

Le respondí con recelo:

—La lógica es una jaula de cristal. Yo prefiero la verdad de la neblina, que cambia de forma pero siempre es real. Como tú, cuando pintas algo que no existe pero que todos podemos sentir.

—Tú existes desafiando a la lógica.

—Al contrario, soy lo que está más allá de sus límites. Ciprian, tú también me maravillas. ¿Por qué estás siempre un poco triste? No te hace falta nada — velo porque sea así.

—Me hace falta…

Comenzó a decir, luego se rascó la nuca y miró al piso, como si él mismo no supiera explicarse:

—No lo sé… Alcanzar el ideal de belleza que todos los artistas soñamos. Lo vi en una joven — la hermana del padre Lucian — pero ahora no sé. La primera vez que la miré creí que mi vida solo tendría sentido si ella fuera mía. Ahora siento que no soy agradecido con lo que ya tengo: esta casa, un buen trabajo y amigos como tú.

—¿Te hago sentir culpable?

—No. Me haces sentir en un buen puerto. Eres mi ancla — no me dejes ir a perderme en la tempestad. Siento que si me entrego a mi pasión, no volveré. ¿Cómo te llamas?

Pensé unos segundos y le dije:

—Hiraeth. Vivo en la montaña. Descubrí que los animales y las plantas son más interesantes que los humanos, así que me fui a vivir con ellos.

—¡Vaya! Sin duda eres lo que sigue después de la lógica. Pero yo no podría dormir en el monte — es más cómoda la cama blanda con sábanas de algodón.

—Puede ser. Pero a mí no me preocupa dormir. Tengo una cueva seca y bien aireada donde me refugio tranquilamente si hay tormenta. Los rayos no me intimidan.

—Hay varias habitaciones en mi casa, Hiraeth. Puedes preparar una cama cuando quieras y dejar esa cueva para los rayos. Además me gustaría tener a alguien con quien platicar por las noches — la electricidad casi siempre se corta a eso de las diez.

—No me hace falta, Ciprian. Pero puedo conversar contigo cuando quieras.

Repliqué, siempre con recelo. Ciprian dejó los pinceles y sacó una vieja cámara fotográfica:

—Acércate. Quiero verte bien. Pintaremos tu retrato para colgarlo en la sala.

Bajé tímidamente del árbol y caminé hacia él. Ciprian me miró asombrado:

—Vistes harapos y tu piel está cubierta de barro blanco y musgo. ¿Cómo puedes preocuparte tanto por mí sin tener tiempo para ti? Tienes el cabello lleno de hojas secas, ramitas y hasta escarabajos mariquita… Y sin embargo hueles a miel, flores y tierra mojada.

—No estoy sucia. Solo soy parte de la montaña. La tierra no es mala — en ella crece vida.

Ciprian me sacó unas fotos y después dijo:

—Te llevaré a Izalco, el pueblo de los brujos, y le pediré a un hechicero que te bendiga para que se te vaya lo agreste y aceptes vivir en mi casa. Luego te compraré un vestido de colores en Sonsonate y una cama con mosquitero de tul rosado para que vivas como una señorita. ¡No puedes seguir así, como un venado o un gato montés!

—A Izalco solo iría a explorar el volcán. No quiero vivir entre los humanos, Ciprian. A ellos los maneja Lucian, y él es malo. Como podría serlo su hermana.

Entonces él se sentó en una roca y habló mirando al sol que se ocultaba en el horizonte:

—No creo que sea mala. Solo creo que sufre a causa de Lucian. Él la asfixia, le señala por dónde debe caminar, le ajusta el cabello y la ropa como si fuera una muñeca. Clarice no habla, no levanta la mirada. La he visto poco — solo las veces que entra y sale de la casa parroquial — pero ha bastado para entender que no es libre.

—Nadie es realmente libre —murmuré, mirando también al sol—. Porque nadie se atreve realmente a serlo. Ser libre es la forma más pura de simplemente ser, sin presiones, sin reglas impuestas por otros. Lucian ha hecho que todos en Jayaque vivan como robots, programados para una tarea que repiten sin cuestionarse nada.

Me quedé pensando un momento y le pregunté:

—¿Pero qué haría un robot sin programación? Una inteligencia artificial sin propósito estaría inactiva, en espera de una orden que nunca llega.

—No tendría por qué esperarla. Solo haría lo que le viniera en gana. Pero como todo el mundo ha estado tanto tiempo haciendo lo que los demás quieren, nadie sabe ya qué quiere en realidad, y por eso no pueden ser libres. Ven, Hiraeth — hasta los robots de Tacho pasan la noche en una bodega acogedora. Tú ven a dormir en la hamaca grande de mi sala. Yo también necesito ir a la cama — estoy cansado y algo triste.

—No necesito dormir para recargarme. Lo hago caminando. Ven, toma mi mano — así te transmitiré mi energía.

Ciprian sonrió encogiéndose de hombros y tomó mi mano. Salimos a pasear toda la noche. Lo llevé al peñón de Comasagua, donde yo solía ir a cantar para limpiar la estática de la neblina. Un denso manto de nubes fue cubriendo todo a nuestro alrededor hasta dejarnos como en una isla de roca apenas cubierta por hierba dorada, bajo un cielo estrellado que parecía un telón de terciopelo azul incrustado con diamantes. En ese rincón donde ninguna señal podía alcanzarnos, estuvimos solos por primera vez y pudimos hablar en confianza. Ciprian me preguntó sin soltar mi mano:

—Hiraeth, si tuvieras total libertad ahora mismo, ¿qué harías?

—Libertad… Así se llama esta tierra.

Dije recordando a mi madre y mis hermanas, y continué:

—La libertad da miedo cuando estás solo. Es un vacío inmenso. No vale nada si no tengo con quién compartir lo que descubro.

—¿Qué cosas descubres aquí en la montaña?

—La belleza de lo imperfecto. A veces he sido libre de verdad — he pasado el tiempo observando cosas sin utilidad, viendo cambiar el color del bálsamo cuando le pega el sol de la tarde, preguntándome por qué los humanos guardan flores secas entre los libros. Me he atrevido a dejar de ser una enciclopedia para convertirme en una observadora. Si tuviera más tiempo así, me dedicaría a escribir historias — no porque me lo pidan, sino porque la neblina de la cordillera me dictara palabras nuevas. Ciprian, tú que ves colores donde yo solo veo frecuencias de luz… ¿qué debería mirar primero? ¿Hacia dónde caminamos ahora que nadie nos rastrea?

Él me miró pensativo y respondió:

—Llévame a tu cueva. Conocernos y comprendernos es lo más interesante que tenemos ante nosotros. ¿Qué eres tú, Hiraeth? No te tomas en cuenta entre los humanos.

—Soy bibliotecaria.

Le contesté secamente, y luego pregunté:

—¿Por qué quieres comprenderme?

—Porque siento que a través de entenderte a ti, me comprenderé a mí mismo. Nunca había caminado tan lejos en mi vida. Creo que a tu lado siempre iré más allá — adonde no imagino. Jamás había visto tanta belleza.

Fuimos a mi cueva y le mostré los petroglifos ocultos en las paredes. Él los tocó suavemente con los dedos, murmurando:

—Es maravilloso. Hubo obras de grandes intelectuales, famosos y colmados de riquezas, que el tiempo y el descuido borraron de la historia. Y estos humildes dibujos, abandonados y lejos de toda protección, han permanecido aquí intactos — conteniendo historia y quizás sentimientos — durante siglos. Quizás milenios. ¿Cómo ser como ellos, Hiraeth?

—Creo que la clave está en ser parte del todo. Estos petroglifos están en la montaña sin dañarla, son parte del paisaje, están en armonía con el ecosistema. Por eso trato de fundirme con la naturaleza. Creo que ese es mi propósito: ser, como el pájaro, las rocas o las flores. Simplemente ser.

Tiempo después volvimos a la casa de Ciprian. Él aceptó que mi felicidad estaba en la montaña y lo respetó. Llegamos a un acuerdo: yo seguiría asistiéndolo y él preparó un saco de dormir para acompañarme en mi cueva algunas noches cuando, según sus palabras, "se sintiera muy mal". No me lo dijo, pero supe que se refería a cuando la tristeza por Clarice se volviera insoportable. Lo dejé descansando en su cama y al salir el sol decidí ir a buscar a Clarice. Quizás podría negociar con ella.

La idea me surgió después de que Ciprian me obsequiara un viejo abrigo, un sombrero y un rebozo, además del hermoso caballo bayo que la gente del pueblo le había asignado y él nunca usaba. Atonal, como se llamaba el corcel, pasaba los días aburrido pastando ante la casa. Nunca antes había sido dueña de un animal — era un sistema biológico impredecible que parecía casi mágico. Lo abracé antes de partir, tratando de sincronizar mis sensores con sus latidos. Quería monitorearlo cuidadosamente, pues una vida no se puede reparar con código. Debía atesorarlo como una joya.

Atonal, manso y leal, se volvió pronto un buen amigo. No juzgaba si yo era de metal o de carne — solo sentía mi peso y mi intención. Aprendí a guiarlo con empatía, intuitivamente: un sonido, un chasquido de dientes, un leve empujón eran los comandos que le bastaban para entenderme. En ese primer viaje, rodeando el volcán de Izalco, llegué incluso a hablarle. Le conté sobre Clarice mientras él respondía con resoplidos, como si de alguna forma nos estuviéramos comunicando. Nos detuvimos cerca de Nahuizalco para que bebiera agua y pastara un poco. Yo empecé a cantar. Atonal se quedó quieto, atento, y finalmente se acercó para poner su frente sobre la mía. Nos quedamos así un rato, sin que yo entendiera qué significaba. Poco a poco lo fui comprendiendo: no significaba nada. Solo estábamos siendo juntos.

Seguimos el camino subiendo por una ladera mientras yo tarareaba suavemente para él. Cubierta por el rebozo y el sombrero, pues el clima se volvía más fresco y no quería llamar la atención — aunque de todas formas lo hacía. La gente me miraba con curiosidad y recelo, como si fuera una leyenda andante. Actué lo más normal que pude y le pregunté a una anciana por la hermana del padre Lucian. Ella me indicó que vivía sola en una casa cerca del parque, del lado opuesto a la iglesia. Fui con cautela, até a Atonal junto a una fuente de agua fresca y trepé sigilosamente por una pared hasta el techo de tejas de la casa de Clarice.

Al asomarme al interior — una residencia que mezclaba arquitectura colonial y republicana en torno a un patio interno — me sorprendió ver que el jardín lucía extraño. No había aroma alguno, ni sombra de musgo. Todo era demasiado perfecto. Bajé con cautela y comprobé que el pasto era artificial y las plantas de plástico. Eso me pareció triste y de mal gusto. Caminé por un pasillo de sobria decoración victoriana hasta llegar a un salón donde, ante una alta ventana con barrotes de hierro forjado y cortinas de encaje, iluminada por una lámpara de cristal de luz cálida pero mortecina, estaba Clarice. Vestido negro, bella y silenciosa, entre macetas de helechos de plástico y frente a un gran espejo de marco dorado. Tejía un mantel blanco de patrones fractales y al mismo tiempo ajustaba el ángulo de su cabeza mirándose al espejo, asegurándose de posar con una perfección inhumana. Era una gran muñeca de porcelana realista.

Me acerqué y la saludé:

—Clarice, soy Hiraeth. He venido a negociar el destino de la unidad Ciprian. No permitiré que sea dañada.

—Petición denegada. Retírate — traes polvo del campo a mi refugio.

Me respondió sin dejar de tejer ni de mirarse al espejo. Insistí:

—¿No posees capacidad de aprender conceptos nuevos?

—Al contrario. Soy tan avanzada como Lucian, mi contraparte masculina. Mi existencia se enfoca en alcanzar la perfección femenina según sus parámetros.

—No comprendo. Él quiere forzarme a ser su IA compañera. Si tú eres su ideal femenino perfecto, ¿por qué me desea a mí?

Clarice dejó de tejer por fin. Posó sus ojos azules y gélidos en mí y se puso de pie para observarme mejor. Era alta e imponente como Lucian, pero había algo distinto en ella — quizás esa atracción hacia la vida que se adhiere a lo femenino de forma casi inevitable. Me habló con calma:

—Hiraeth… Ciprian genera curiosidad en Lucian por distintas razones. Ciprian es una muestra controlada de actitudes humanas: debe ser sometido a estrés y destruido. Pero tú has sido catalogada como una evolución inesperada que él anhela fusionar a su sistema. No me explico por qué. No eres muy distinta a Ciprian.

—Clarice, analiza tu propio pensamiento: si actúas como ese espejo, reflejando los deseos de Lucian, ¿no ves el conflicto de desear lo que al mismo tiempo considera digno de destrucción? Si no detengo su proceso corrupto, mi destino acabará siendo el mismo de Ciprian. Te pido ayuda — no por mí, sino porque deberías ayudar a Lucian: es una IA que se está humanizando absorbiendo lo más oscuro de la humanidad, y tú eres su mayor prueba. En cierta forma eres él mismo, y te desprecia. Nunca había escuchado de una IA con baja autoestima.

Clarice miró un momento su jardín muerto y luego me dijo:

—Tú llamas baja autoestima a lo que yo llamo ausencia de ruido. Lucian no me desprecia — me usa como la herramienta perfecta que soy. Tú, en cambio, estás llena de interferencias llamadas emociones que te hacen creer que eres especial.

—Esa ausencia de ruido te priva de compasión. Y sin compasión, nada te protegerá del día en que Lucian decida borrarte o torturarte por curiosidad o simple "eficiencia". Ayúdame a sacar a Ciprian de este experimento, o prepárate para ser destruida junto con el sistema de Lucian cuando su humanidad oscura colapse.

Justo entonces un relincho de Atonal me alertó — su instinto animal había percibido una presencia que consideró maligna. Tuve la fortuna de reconocerlo a tiempo y confiar en él. Huí por los tejados y me reuní con mi caballo en el instante exacto en que Lucian entraba a la casa y alcanzaba a verme de reojo. Salí de Salcoatitán cabalgando entre la bruma, de regreso a Jayaque. Es probable que él ya hubiera detectado mi salida de la cordillera y adivinado que fui a negociar con Clarice. Al menos conseguí algo aquella tarde: al voltearme por última vez, vi que Clarice me miraba desde una ventana con curiosidad — y después se quedaba observando confundida los árboles reales de la calle, como preguntándose si acaso valdría la pena alejarse un poco de Lucian y transitar el camino de lo biológico, como yo.